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Jean Robert, Produccion, 1992

Diccionario del desarrollo,
Una guía del conocimiento como poder

 

Un Hombre y un Concepto

Don Bartolo vive en una choza atrás de mi casa. Como muchas otras personas desplazadas, es un intruso, un invasor o, como se dice en México, un “paracaidista”. En un terreno desocupado improvisó una casucha con cartón y desechos de plástico y de hojalata. Si le va bien, algún día construirá paredes de ladrillo y las cubrirá con una lámina de asbesto u hojalata. Atrás de su morada hay una franja de terreno baldío. Consiguió permiso del dueño para cultivar una milpa: un campo de maíz sembrado justo cuando las lluvias empiezan para que pueda dar una cosecha sin riego. Desde la perspectiva del hombre moderno, el quehacer de Bartolo parece profundamente anacrónico.

Después de la segunda guerra mundial, México y el resto del “Tercer Mundo” fueron invadidos por la idea del desarrollo. La popularidad de este concepto debe mucho al Presidente Harry Truman, quien lo hizo el eje político de su discurso de toma de posesión en 1949. Según Truman, la política del desarrollo consiste en:

“apoyar a todos los pueblos Ubres en sus esfuerzos para aumentar su producción de alimentos, de textiles y de materiales de construcción, así como para edificar nuevas plantas de energía y aligerar el esfuerzo físico». Pues sigue diciendo Truman, «una mayor producción es la clave del bienestar y de la paz, y el modo de lograrla es la utilización intensiva, a escala mundial, de los conocimientos científicos y técnicos modernos.” [1]

Ahora bien, Don Bartolo no produce más de lo que producía su padre, y no necesita plantas de energía para aliviar sus afanes. Para los expertos, él es un caso típico de subdesarrollo.

Una vez definida como la aplicación de la ciencia y de la técnica, la palabra producción viene a significar productividad: mayores rendimientos del trabajo a determinado costo. De acuerdo a los economistas mexicanos de hoy, el comportamiento de Bartolo no es productivo. Pero, ¿tendrán ellos la última palabra? Tal vez debamos echar una mirada a la historia de este concepto.

“Producción” viene del verbo latino, producere que significa “estirar”, “prolongar”, pero también “sacar a la luz”, “hacer visible”, literalmente: “jalar hacia la visibilidad”. Según este antiguo significado, la producción es un movimiento de la ausencia a la presencia, una emanación de algo que estaba escondido, y es ahora traído al alcance de los sentidos del hombre. Esta idea de la producción como emanación de algo preexistente pero escondido embonaba con la experiencia premoderna de los fenómenos naturales. Por ejemplo, correspondía en la mentalidad antigua a la germinación de una semilla, mediante la cual las labores del campo hacen brotar de la naturaleza el sustento material de la gente. Conforme a ese modo de pensar el “trabajo” no produce algo por sí mismo, sino que ayuda a la naturaleza a manifestarse, a “producirse”.

En la Europa medieval, la palabra producción retuvo su antiguo sentido de emanación o de brote natural. Las primeras excepciones se encuentran en los escritos de algunos teólogos y filósofos que trataron de reformular el pensamiento cristiano en términos aristotélicos. A veces, usaron la palabra producción como sinónimo de creación, y desde luego Dios y no el hombre era para ellos el “productor”. Sin embargo, la mayoría de los teólogos aún insistían en que la creación de Dios no debía ser expresada con la misma palabra que los productos de la naturaleza. En el siglo XV, Nicolás de Cusa clarificó la diferencia entre creación y producción sosteniendo que Dios creó el mundo de la nada, mientras que la naturaleza solamente produce (“saca a la luz”) lo que Dios previamente creó.

El Renacimiento asumió la primera ruptura con el sentido emanatorio de la palabra producción. Llamó sabio a un hombre si, como Prometeo, se esforzaba por emanciparse de los límites naturales y por actuar siguiendo su libre voluntad; trató de ignorante a quien permanecía siendo deudor de la naturaleza. Sin embargo, esta actitud prometeica, como quiera que sea, aún no era llamada productiva [2]. La naturaleza, y sólo ella, era “¡a gran reina y madre de toda producción”.

Hasta la víspera de la modernidad, el término siguió siendo usado primariamente en sus significados antiguos, donde éste designaba una “emanación”, es decir, el movimiento natural por el cual algo previamente escondido o potencia llegaba a manifestarse. Este sentido de “hacer presente” conservó cierta vigencia hasta nuestro tiempo, como cuando se llama producción a una representación de una obra de teatro. A mediados del siglo XVIII, este sentido de la palabra adquirió el rango de un término técnico del lenguaje legal. Designaba la necesidad de presentar elementos justificativos o pruebas.

“La palabra producción, en estrecho apego a su origen ¡atino, no designaba ¡a fabricación de ¡os elementos aludidos, sino su presentación, su depósito en e¡ mostrador como pruebas.” [3]

Sin embargo, desde principio del siglo XVII, se inicia un cambio importante. El término producción empieza a implicar la noción de que ciertas combinaciones de dos elementos cualesquiera pueden generar un tercero – algo enteramente nuevo que no puede reducirse a sus componentes. Para Milton, el resultado de tales uniones era aún maligno. Por ejemplo, en el poema épico Paradise Lost (El Paraíso Perdido) (1667), escribió:

“These are the Products of those ill-mated Marriages Thou saw ‘st, where good and bad were matcht, who of themselves Abhor to join.”

“Estos son el Producto de aquellas uniones malogradas que viste, en los que se mezclaba lo bueno y lo malo, que por sí mismos odian juntarse.” [4]

A pesar de esta nueva línea semántica, los términos de ‘creación’, “producción” y “fabricación” o “manufactura” mantuvieron estrictas delimitaciones hasta el fin del siguiente siglo. Dios siguió siendo el único creador, la naturaleza la productora y el hombre el manufacturero. Aunque a veces el verbo producir se usaba en referencia a actividades humanas, estaba aún muy lejos de ser el sinónimo neutral de “fabricar” que es ahora.

La acepción moderna de producción, donde el hombre es el productor y el producto es una nueva entidad, sólo pudo imponerse mediante una ruptura consciente con el significado original de la palabra [5]. El primer paso hacia este concepto prometeico de la producción fue dado por los escritores y filósofos del período romántico de fines del siglo XVIII. Vieron en el artista el arquetipo del productor y le atribuyeron los poderes generativos de la naturaleza. Notables precursores de esta nueva visión fueron Kant en filosofía y Goethe en literatura. Acuñaron un nuevo sentido de la palabra producción [6]. Para Kant, el artista es productor gracias a la Einbildungskraft, el poder de la imaginación. Este poder es productivo no porque suscite la imagen de un objeto en su ausencia, sino porque, insistía Kant, es capaz de concebir las características formales de una cosa que aún no tiene existencia empírica. Kant pensaba que la descripción morfológica de los fenómenos naturales “es una participación del autor de la descripción en la actividad productiva de la naturaleza – es la naturaleza actuando en el científico” (Ibidem).

Inspirado por Kant, Goethe escribió, en la misma vena: “El hombre no experimenta ni disfruta nada sin que al mismo tiempo, llegue a ser productivo. Esta es la propiedad más íntima de la naturaleza humana.” Goethe veía la fuerza inventiva del artista como una expresión de la naturaleza en el hombre. “Llegué a concebir el talento poético en mí como obra de la naturaleza”, escribió en Poesía y Verdad. Para él, un poema era “un pequeño producto”, y era “la naturaleza la que realizaba en mí espontáneamente sus grandes y pequeñas obras” [7]. Observaba su propio “ánimo productivo” como si éste fuera un fenómeno natural; inventaba “máximas productivas” con las cuales se amonestaba a sí mismo y hacía listas de «circunstancias prácticas» capaces de realzar su fuerza productiva como la soledad, la primavera, las horas tempranas de la mañana, algunos ejercicios físicos, ciertos colores, la música…

Esto era nuevo. En notable contraste con este punto de vista prometeico, Daniel Defoe (cuando todavía no era el renombrado autor de Robinson Crusoe sino un oscuro autor de folletines) aún insistía (en 1704) en que la producción era una fuerza de la naturaleza y no un ejercicio del esfuerzo humano:

“Cuando se considera [a ¡a riqueza] como el Efecto de la Naturaleza, ésta es un Producto [Product o Produce]; en cambio, si le considera como el Efecto del Trabajo, es Manufactura.” [8]

Sobre Carácter y Suelo

Me acerqué al campo de Bartolo un día que él araba. Esperé a que llegara al fin de un surco y lo saludé. Luego de intercambiar las formalidades de costumbre, le dije que estaba escribiendo un artículo en el que hablaba sobre la milpa y que quería saber por qué algunos vecinos estaban dispuestos a plantar una mientras que otros, al parecer, no sabían hacerlo. ¿Habría un nombre para esta cualidad, que unos tienen y de las que otros carecen? Bartolo estuvo silencioso por un instante y sentí que me miraba intensamente con el rabillo de sus astutos ojos. Luego contestó con una de esas palabras que los campesinos mestizos usan todos los días, pero que la gente de la ciudad sólo encuentra en Cervantes. Dijo que la milpa requiere enjundia. En su vocabulario, esta palabra olvidada de origen latino (exungo: Yo unjo) se refiere a la fuerza constitucional del hombre y a su virtud, cualidades con las que un hombre es o no es ungido desde su nacimiento. Entendí que para él, haber nacido con enjundia implica tener gusto por el buen maíz – junto con el talento de “producirlo”.

El concepto de producción surgió cuando ésta fue redefinida como la fuente del valor. Tal fue la hazaña histórica de los fisiócratas, un grupo de filósofos franceses “que han puesto el sistema agrícola como la única fuente de renta y de riqueza de la nación”, tal como lo formuló Adam Smith. En su Tableau Economique, los fisiócratas dividieron las capas de la población “que aparentemente han contribuido siempre en una forma u otra a la producción anual de la tierra” (Smith) en tres clases: (1) Los propietarios de la tierra; (2) Los cultivadores (arrendatarios, medieros y obreros agrícolas y (3) los artesanos, fabricantes o comerciantes”. A este tercer grupo, lo llamaron “la clase estéril o improductiva”, pues “nada añade al valor de la suma total del producto primario de la tierra”. En cambio, los dos primeros grupos eran “las clases productivas” de la sociedad, ya que sí contribuían productivamente a la generación de valor [9]. En el “tableaux economique” de los fisiócratas, la tierra – el suelo – era claramente la matriz de la riqueza de la nación y del poder del estado.

Sobre el Trabajo y el Suelo

Don Bartolo es un emigrado rural del Estado de Guerrero. Hoy le queda el orgullo de poder ofrecer a su familia un maíz de alta calidad y buen sabor, como el que disfrutaba en su pueblo natal. Quiere comer tortillas sabrosas, no los insípidos sustitutos que ahora se venden en las tiendas del gobierno. Además, quiere decir quién es él: un hombre de calidad, alguien que sabe cómo trabajar la tierra, cómo atender una milpa, un hombre con enjundia.

En las representaciones modernas sobre la producción económica queda trastocada la relación entre rendimiento del suelo y esfuerzo humano que habían ideado los fisiócratas. Ya en los escritos de Condillac, su contemporáneo, se anuncia la primacía del trabajo sobre el suelo.

“En rigor, el agricultor no produce nada; sólo encauza ¡a tendencia productiva natural del suelo. Al contrario, el artesano produce un valor inherente a las nuevas formas que confiere a los materiales. Producir no significa más que dar una nueva forma a la materia; la tierra, cuando produce, no lo hace de otro modo.” [10]

Con una yunta de bueyes prestados, don Bartolo ara los surcos donde dejará sus semillas. Observando las señales del cielo desde las cabañuelas – las ligeras lluvias de enero – aprendió cuándo tiene que sembrar para que la cosecha reciba suficiente lluvia mientras crece y goce de una semana de tiempo seco al madurar las mazorcas. Desde que brotan las matitas, Bartolo amontona cuidadosamente la tierra sobre sus raíces para protegerlas del sol. A su tiempo, va con su familia a hacer las limpias, las escardas. Escardar es un ajetreado trabajo pero lo acompañan celebraciones festivas.

En su crítica a los fisiócratas, Adam Smith apuntó que su sistema “existe pura y simplemente en las especulaciones de unos pocos franceses de gran ingenio y doctrina” [11]. Su contra-argumentación se parece superficialmente a la de Condillac. La riqueza de una nación resulta de la producción de dos tipos de bienes. Cita primero las “mercancías necesarias”, es decir, “no sólo las que son indispensables para el sustento, sino todas aquellas cuya falta constituiría, en cierto modo, algo indecoroso entre las gentes de buena reputación, aún entre las de clase inferior”. Al segundo tipo pertenecen “los artículos de lujo”: “Todas las demás las llamaremos de lujo, sin que el uso de esta expresión implique reproche alguno al empleo moderado de ellas” [12]. El factor humano determinante en la generación de riqueza es, según Smith, la división del trabajo. El trabajo es productivo o improductivo. A la categoría productiva pertenecen la agricultura, el comercio y la industria. En cambio, la categoría improductiva incluye “tanto de las más importantes y graves como de las más inútiles y frivolas, los jurisconsultos, los clérigos, los médicos, los literatos de todas clases; y los bufones, músicos, cantantes, bailarines, etc.” [13]. La Riqueza de las Naciones, obra principal de Adam Smith, es importante para esta investigación porque pone de cabeza a las tesis de la generación anterior: no es la tierra sino el trabajo el factor determinante de la riqueza. Con esto, Smith dio un paso más hacia el concepto moderno de producción.

Sobre el Valor de Uso y el Valor de Cambio

Como muchos moradores suburbanos, Bartolo hace lo que puede para mantener algo de sus tradiciones frente a condiciones hostiles. Cultiva su milpa en terrenos marginales. No tiene gastos monetarios: selecciona su semilla de los granos más grandes de la estación precedente y casi no usa fertilizantes comprados. Se atiene a su labor y a la de su familia. Si su actividad hubiese de ser evaluada de acuerdo a las normas de la economía productivista, sería decretada “no rentable”. Los economistas le dirían que sería mucho mejor que buscara trabajo en la construcción para poder así comprar maíz importado en el mercado con su salario. Los expertos mexicanos que abogan por tal cambio creen que con ello ayudan a aliviar el desempleo de los hombres que abandonan la milpa. Arguyen que el maíz importado de los Estados Unidos por los mayoristas es más barato que el producto local de las milpas, porque el grano norteamericano es producido siguiendo las normas de la productividad económica. Pero algunos mexicanos siguen insistiendo en que la milpa obedece a otra lógica, encarna otro estilo de vida. Aquellos saben que el maíz que proviene de la milpa es diferente; sólo éste sabe, dicen.

El siguiente paso fue dado por Ricardo. Redujo los poderes generativos del suelo a meros factores cuantificables – hoy diríamos insumos o “inputs” – del trabajo productivo. Logró así igualar el bienestar y la riqueza al valor de cambio. Con ello se rompe el último vínculo entre la producción económica y el antiguo sentido natural, “emanatorio” de la palabra producción. Por primera vez, la producción puede ser entendida como una actividad puramente humana, artificial, pero no menos indispensable para el sustento de cada uno de lo que lo era la producción de la tierra para los fisiócratas [14]. Genera valores de cambio que, a su vez, se expresan integralmente en dinero. En consecuencia, la economía se redefine como la dependencia de la existencia humana sólo del valor abstracto. Esto implica también una nueva definición de la subsistencia – desligada de toda herencia cultural – como la supervivencia sociobiológica del productor individual bajo condiciones de la acumulación de capital. Las antiguas formas de economía comunitaria, que en otros tiempos aseguraron el sustento de grupos limitados de hombres que compartían algún sentido de la “buena vida” pueden ahora ser reprimidas y pronto desmanteladas en nombre de un imperativo productivo. Y no hay que engañarse: los economistas se ensañan tanto contra el orden comunitario tradicional precisamente porque permite subsistir sin producir valor económico. Según los expertos en desarrollo, son obstáculos que hay que eliminar y “desarrollo” es el nombre que dan a esta eliminación.

Cuando empecé a interesarme en la milpa, me imaginaba que era algo como un ciclo cerrado de energía, pero estaba equivocado. La energía es cuantitativamente conservada y disipada, no así la enjundia del campesino. Esta no se conserva, ni se disipa. Emana del cuerpo de un hombre y, si el clima y otras circunstancias son favorables, es regenerada por la planta. No circula en un circuito cerrado, sino que es dada y recibida. Algunas veces se pierde, otras veces es devuelta con creces. La fuerza que fluye del cultivador de la milpa llama a otras fuerzas, a flujos naturales o emanaciones: la tibia caricia del sol, los chaparrones de lluvia del cielo – que sucesivamente ungen a la tierra y sus frutos.

En la milpa, el trabajo es un acto propiciatorio, no un “input”. Cada año, la naturaleza seguirá su propia inclinación; el buen tiempo sólo puede ser objeto de esperanza: pocos son los “factores controlables”.

Es curioso notar que la noción ricardiana del suelo como insumo o “input” pasivo – como “factor de producción” – empezó a hacer escuela en el momento preciso en el cual los químicos lo estaban redefiniendo como un compuesto de minerales. Liebig, el padre de la industria de los fertilizantes químicos, hacía experimentos de cultivo sin suelo, haciendo crecer plantas en soluciones nutritivas que reemplazaban el “factor suelo”. Mientras Ricardo desaira el poder productivo de la tierra explicándolo como un factor de producción entre otros, la vieja percepción del suelo como “estómago de las plantas” – es decir como productor de los jugos nutrientes – cede su lugar a una teoría química de la agricultura. Las correspondencias entre estos dos cambios son bastante claras. Hasta podemos concebir los “requerimientos” químicos de la agricultura moderna como una consecuencia lejana de la teoría económica ricardiana. En esta teoría, el concepto de trabajo mismo se vuelve cada vez más abstracto: no es más que un factor de producción, un “input” entre otros, como por ejemplo los fertilizantes o la irrigación. Sin embargo, algo lo distingue de los otros “factores de producción”: el trabajo determina el valor de todos los otros insumos. Es así como la teoría económica pudo dar la espalda a la consideración de los procesos de producción concretos, en sus peculiaridades locales. La nueva “economía política” ya no se interesa tanto, como lo hacían las teorías anteriores, en la producción material de bienes, sino en la distribución de las mercancías, condición necesaria para la realización de su valor de cambio.

Sobre Teorías y la Memoria

Don Bartolo poco entiende de teorías económicas, y tampoco le interesa. Cerca de su cabaña, ha construido una troja, una pequeña cuna para contener el maíz. Hecha de barro, paja y follaje de palma, sirve para conservar y almacenar el maíz durante la estación seca. Cada día, su esposa, hijas y nueras pueden tomar de allí lo que necesitan para las tortillas y, en días festivos, para el pozole, los tamales o los tlaxcales. Lo que cuenta para Bartolo es la tradición familiar y la preservación de la memoria de las buenas y simples comidas de antaño. El análisis de costos y beneficios y la ganancia económica son conceptos ajenos para él.

Para Marx la producción tenía, como el dios Jano, dos caras. En un sentido económico estricto, retomó las ideas de Smith y de Ricardo, convirtiendo aún más que ellos el trabajo humano en el paradigma de toda producción, la fuente de todo valor. Pero su originalidad mayor estriba en la forma en la que hizo de los significados filosóficos y románticos de la producción el meollo de su teoría de la historia. Para lograrlo, devolvió a la producción algo de su significado antiguo de ’emanación’, es decir de actualización de una forma previamente sólo conocida como potencialidad. Como lo señala Hentschel, Marx veía “en la producción… la fuerza conformadora de la Historia y, en última instancia, el eje de la necesaria e inevitable transformación del mundo” [15]. En las fórmulas marxistas siguientes, verdaderos manifiestos contra el idealismo de Hegel, el concepto de producción adquiere un tono reflexivo o “autorreferencial”: “El hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida”, con ello “producen indirectamente su propia vida material” [16].

Quisiera enfatizar aquí otro aspecto, menos conocido, de las ideas de Marx sobre la producción: la relación entre ésta y sus reflexiones sobre el origen del valor de cambio. Marx fue testigo de la aparición de los primeros ferrocarriles; escribió los Grundrisse – el bosquejo de El Capital – durante el mismo decenio en que el “railroad craze”, el “furor ferrocarrilero” se extendía por toda Europa. Leemos en los Grundrisse:

“Podríamos definir el desplazamiento mediante el cual el producto llega al mercado -movimiento que, a no ser que el lugar deproduc­ción sea al mismo tiempo mercado, es la condición sine qua non de la circulación de los productos- como el momento mismo de la trans­formación de éstos en mercancías. Pues sólo una vez en el mercado el producto se vuelve mercancía.” [17]

Considero esta aclaración como una de las intuiciones más penetrantes de Marx sobre la naturaleza del valor y de su producción. Técnicamente hablando, la producción de mercancías es una cadena de transformaciones y transportes; primero se extraen materias primas de determinada región, se transportan a otras partes para ser transformadas, antes de ser ofrecidas en el mercado. Puede parecer trivial recordar que, históricamente, la transformación de los productos de una región en mercancías no requiere de toda la cadena hoy acostumbrada de transformaciones industriales. Como Marx lo indica, basta con desarraigar los bienes de su lugar de origen y transportarlos hacia un mercado para transformarlos en mercancías, y esto ocurrió antes de la era industrial. No se podría exagerar la importancia del transporte en esta transformación:

“Con la distancia espacial que el producto cubre en su camino desde su lugar de producción al mercado, éste también pierde su identidad local, su ‘aquí y ahora’. Sus propiedades sensuales concretas, que en el lugar de producción son el resultado de labores inscritas en tradi­ciones (particularmente cuando se trata de productos naturales, ver­daderas ‘producciones’ de la naturaleza) aparecen en una forma muy distinta en un mercado lejano. En el mercado, el producto, vuel­to mercancía no sólo se realiza económicamente como valor, sino que, al mismo tiempo, adquiere nuevas cualidades sensibles como objeto de consumo.” [18]

Sobre las Mercancías y sus Movimientos

Lo que caracteriza a las mercancías modernas es su alto valor de cambio. La milpa por el contrario, sólo tiene valor de uso. Hablando de labores centradas en una milpa, sería absurdo establecer una diferencia estricta entre producción y consumo: las necesidades adquieren su forma por los mismos actos que las satisfacen. En cambio, en la producción moderna, las necesidades y su satisfacción están separadas, lo que se refleja en la existencia de dos esferas distintas: la producción y el consumo, precisamente. A menos que se practique en gran escala, el cultivo de la milpa no se refleja notablemente en los indicadores económicos usuales, como sueldos promedios o niveles de ocupación en el mercado de trabajo.

La transformación de los bienes locales en mercancías tiene dos aspectos fundamentales. 1. Cuando estos bienes locales son de sustento básico (trigo, por ejemplo), su transformación en mercancías amenaza la “economía moral” de su región de origen [19]. 2. La mercancía puede ser definida como la forma de los bienes desarraigados. El problema con Marx es que percibió el segundo punto con toda agudeza, pero no supo entender el primero.

La intuición de Marx sobre la naturaleza de la mercancía no ha recibido la atención que merecía. Hemos visto como jugó constantemente con dos conceptos de producción: el concepto estrechamente económico heredado de Ricardo y, por otra parte, las connotaciones filosóficas de la producción tomada en su sentido antiguo de actualización de una potencialidad, manifestación de una “forma”. Marx dice que el movimiento espacial, es decir el transporte de los bienes locales les confiere su forma de mercancía. ¿Qué significa esto? Al revivir la idea emanatoria de la producción Marx toma sus distancias tanto respecto a Platón como al idealismo hegeliano. Para él, ninguna forma o idea existe fuera del acto de su “realización”.

Piensa que los bienes adquieren su forma de mercancía por el acto mismo que los desarraiga y los transporta al mercado. Ahora bien: desde el momento en que este movimiento se vuelve posible, todos los bienes son potencialmente mercancías: la simple posibilidad de su transporte “actualiza” su forma de mercancía. Porque consideramos todos los bienes como mercancías, instauramos una distancia entre una esfera de producción y otra de consumo. Por ello deben ser transportadas las mercancías, y no a causa de distancias preexistentes al acto de transportarlas. El transporte no es tanto una necesidad motivada por las distancias como un axioma oculto de nuestra visión de los bienes. Más que supuestas “necesidades humanas”, expresa un requerimiento de la construcción social de un orden productivo intensivo en mercancías. En seguida, es en este marco que surgen “necesidades” diarias traducibles en demanda de mercancía, es decir de bienes desarraigados.

Sobre el Progreso y la Historia

La mayor parte de los economistas definen la milpa por sus carencias. Es una actividad de subsistencia: trabajo duro con herramientas ineficientes para generar tan sólo unos pocos bienes, y pocos o hasta nulos excedentes. La subsistencia es, para la economía, algo así como la parienta pobre de la producción moderna. Los economistas la describen como una cadena perpetua de esfuerzos bajo condiciones de escasez crónica, sin que aparentemente nadie se percate que, con ello, proyectan el axioma fundamental de la economía occidental, la escasez, sobre contextos culturales determinados por otros principios, llámenles o no pre-económicos. Atender una milpa es una actividad arraigada en tradiciones milenarias. Antes de querer interactuar con estas tradiciones, los economistas harían bien en dejar sus certidumbres en el vestuario. De no hacerlo, colonizan el pasado y, con ello, falsifican al presente.

En el capítulo 26 de El Capital, Marx muestra cómo la imposición de relaciones de producción en las cuales la acumulación del capital se efectúa “pacíficamente” – por el mero juego de las fuerzas económicas – se funda, históricamente, en una violencia originaria. Describe esta “acumulación originaria” como un proceso de desarraigo que despoja a la gente de su lugar de origen, sus costumbres y su identidad. Pero Marx tenía tanta fe en el progreso que ideó un “happy end” para esta historia: imaginó un mañana en el que las fuerzas productivas desarraigadas y desatadas por los procesos de acumulación de capital podían desembocar en los verdes prados de un mundo mejor, más humano, en el cual “cada quien recibirá lo que le corresponde conforme a sus necesidades”.

Podríamos resumir el optimismo progresista marxista en tres frases: 1. Durante la fase de acumulación originaria, la explotación y el desarraigo de los hombres ocurren bajo formas tradicionales de dominio que hacen uso de la violencia física. 2. Esta violencia abierta inicia un proceso dialéctico que favorece el desarrollo de las fuerzas productivas y vuelve la violencia prescindible. 3. La “clase universal” – cuyos intereses peculiares corresponden a los intereses de la humanidad, es decir la clase proletaria explotada – libera las fuerzas productivas del yugo del capital y las encauza hacia el aumento del pastel global. Las dudas acerca de los daños irreversibles que pudieran sufrir los actores y el público de tan astuto historiodrama no cruzaron por la cabeza del gran guionista social decimonónico. ¿Como podía dudar que el pastel en nombre del cual se desataban los dramas de la lucha de clases fuera un buen pastel?

Sobre Dones y Servicio

Mis conversaciones con don Bartolo mé permitieron elaborar provisionalmente algunos criterios para distinguir su comportamiento de lo que, hoy, los economistas llaman producción. Por ejemplo, la forma en que el cultivador de una milpa se relaciona con el tiempo y el clima parece expresar una aceptación de la esencial contingencia del mundo: de alguna manera, todo está “en las manos de Dios”. Por su parte, la ciencia económica moderna tiene la pretensión de identificar, aislar y controlar cada “factor de producción” particular. El hombre que atiende una milpa tiene esperanzas, el productor moderno calcula sus expectativas de ganancia. Bartolo en su milpa es parte del drama natural; el productor moderno trata de someter a la naturaleza; está mentalmente fuera de ella. En la milpa, se da y se recibe, en la producción moderna no se actúa sin calcular costos y beneficios. Los dones de la milpa son concretos y múltiples: hablan a todos los sentidos y son el gozo en reuniones festivas. En el mundo de la producción, todo se reduce al mismo valor abstracto – el dinero. El pastel económico, sin duda tiene un valor preciso, pero no tiene sabor.

Es la bondad de esa torta la que está ahora en cuestión. El esquema decimonónico de Marx – por su misma construcción sobre los cimientos del progreso – prohibía toda pregunta acerca de la destructividad inherente a la producción económica. Hoy, en cambio, despertando de cuarenta años de sueños cuyas consecuencias han sido con demasiada frecuencia pesadillas, empezamos a entender que producción económica no rima bien con prosperidad. La dislocación cultural y el desarraigo, la miseria y la enajenación sufridas en nombre del Desarrollo aparecen como estridentes disonancias cognitivas en el concierto de los que, contra viento y marea, mantienen la proa hacia este rumbo mítico. En cambio, los que profesan el escepticismo hacia el mito – los nuevos agnósticos – empiezan a oír aquellos cantos como gritos de guerra contra toda forma tradicional de subsistir y contra la naturaleza.

El que, más allá de ciertos umbrales, un principio de destructividad pudiera ser inherente a toda producción económica empezó a ser sospechado por algunos escépticos desde finales de la Segunda Guerra Mundial, pero se desoyeron sus advertencias [20]. La economía de guerra había abierto avenidas insospechadas al incremento de la productividad. Ya sin motivo bélico reconocido, los expertos de la posguerra se juntaron en “grupos interdisci­plinarios” para tratar de explorar científicamente los nuevos potenciales de productividad y mantener altas las curvas de crecimiento. Esto era quizás la conducción de la guerra por otros medios, pero el que pudiera ser así no fue advertido hasta que transcurrieron dos décadas de desarrollo.

Al principio, un enorme crecimiento se manifestó en aquellos dominios que Adam Smith había calificado como estériles e improductivos: nuevas “prestaciones de servicios” fueron inventadas y ofrecidas al público incesantemente. Como la expansión de esta oferta parecía no estar sujeta a límites, los expertos ejercitaron su fantasía ideando y recomendando un sin fin de variaciones. Tanto los gobiernos y los economistas como la misma gente se dejaron convencer del imprescindible valor de todos los menesteres, vanidades y placeres habidos y por haber. Se declararon dispuestos a pagar por ellos, siempre y cuando fueran ofrecidos como “servicios”. Estas nuevas formas de producción (de servicios inmateriales en vez de bienes materiales) proliferaron hasta volverse el sector de mayor crecimiento, llegando a representar la mayor contribución al producto nacional bruto (PNB).

Ya desde finales del siglo XIX, algunos economistas habían tenido la idea de que unas pocas cifras bien escogidas pudieran resumir las diferencias entre los países prósperos y los que no lo eran. Por ello, propusieron evaluar la suma de todos los ingresos y egresos de una nación como si se tratara de un hogar. Hasta la Primera Guerra Mundial, sólo se había intentado tal cálculo en siete países, y los resultados obtenidos se prestaban mal a las comparaciones, ya que no existía acuerdo sobre la pertinencia relativa de los distintos factores considerados. Fue Keynes quien, en su General Theory of Employment, Interest and Money (Teoría General del Empleo, del Interés y del Dinero) (1936), propuso calcular el “producto nacional” de un país como la suma de sus gastos en la adquisición de productos finales, es decir de bienes y servicios destinados al consumo inmediato. Tres años más tarde, la Sociedad de las Naciones mandó establecer estimaciones del producto nacional de 26 países.

La milpa de mi vecino no contribuye al PNB de México. A fin de incluirla, los economistas tendrían que imaginar una situación “de mercado ficticio” en la que don Bartolo se vende a sí mismo su maíz al bajo precio otoñal – cuando es abundante – y lo vuelve a comprar a su propio granero en el curso de la temporada seca, a precios cada vez mayores. De hecho, las autoridades no dejan de inventar políticas para que, en la vida real, los campesinos tengan que vender su maíz a bajo precio después de la cosecha, y comprar maíz importado en las tiendas estatales durante el año. Esta vez, ambas operaciones aparecen en el producto nacional bruto. Cuando estas políticas no impiden a los campesinos seguir cultivando una milpa – como probablemente sucederá con don Bartolo – el maíz mexicano parece ser más “productivo” en el PNB cuando es vendido como delicia gastronómica en el extranjero que cuando se come localmente.

Varios sistemas comparativos de evaluación del PNB fueron ensayados durante la Segunda Guerra Mundial y encontraron un amplio campo de aplicación desde el momento de su terminación. En 1947, fue fundada la Asociación Internacional para la Investigación sobre el Ingreso y el Bienestar, cuya tarea era establecer un sistema de contabilidad unitario para las distintas economías nacionales. En 1953, la asociación publicó un método – acompañado de tablas detalladas – que permitía calcular el PNB de determinado país como la cantidad total de bienes y servicios producidos en él durante un año, y evaluados según sus precios de mercado actuales [21].

Subyacente a estos cálculos está la idea que el mundo no es más que un inmenso mercado en el cual las naciones compiten por el prestigio económico. Un axioma constitutivo de este mundo-mercado es a su vez que la productividad es la norma universal según la cual todo comportamiento particular será o no legitimado. El PNB, que condensa esta “moral” – o esta antimoral – productivista en un solo indicador, es la nueva escala antropológica que conmina a todos los pueblos a adoptar una visión del hombre compatible con la competencia entre los candidatos a los primeros rangos. Con sus nombres mágicos y sus tablas detalladas, los expertos establecerán después la lista de los pocos premiados y de los muchos frustrados.

Sobre Luces y Sombras

Don Bartolo, quien produce, solo para su familia, un maíz de alta calidad, es verdaderamente, un anacronismo. Los economistas afirman que la subsistencia arraigada en la tradición es un modo de vida extinguido desde mucho tiempo. Estoy fascinado con mi vecino; a cada rato siento la urgencia de ir a consultarle acerca de nuevas inquietudes. Algunas respuestas me parecen cada vez más claras. Veo que, de la choza a la troja, de las cabañuelas al día de San Jorge (fecha que marca el fin de las lluvias), de la semilla al nixtamal a la tortilla, todo el espacio-tiempo de la milpa es un entramado de espacios masculinos y femeninos, de tiempos de duro trabajo y de alegres fiestas, de brotes naturales y de cuidados humanos. Todas estas complementariedades parecen clamar por una misteriosa unidad no totalitaria, que hace que la producción de maíz sea parte de un drama cósmico, y que deja a la naturaleza una dignidad que ésta pierde cuando es concebida como un “factor” o un “input” en el proceso de producción. Y como el cielo en cada lugar es un cielo diferente, así a cada milpa se le da un cuidado distinto. La multitud de las maneras en que la naturaleza es propiciada, inducida a “producir” (a sacar adelante) sus frutos no puede ser reducida a ninguna perspectiva general. Viendo el mundo desde la milpa, ¿no debemos revertir los juicios, y ver la economía como un proceso de empobrecimiento?

Ya en los primeros años de la era de la posguerra, algunas sombras oscurecieron los brillantes balances contables. Efectos secundarios inesperados de la producción de bienes y servicios aturdieron el optimismo general. Atrás del papel de las tablas, con sus curvas aún ascendentes, se empezaba a vislumbrar los efectos de un inaudito principio de destrucción. Después de la irrupción de la “contaminación del ambiente” a los foros públicos, surgieron otras antinomias entre teoría y realidad. Resultó que la misma gente a la cual los expertos en desarrollo dedicaban sus programas de ayuda, quedaba cada vez más necesitada y dependiente. Al principio, los economistas reprimieron los hechos que contradecían su paradigma. Cuando no pudieron ya negarlos, inventaron palabras que los hacían parecer manejables: “disfunciones”, “enfermedades de juventud”, “costos del desarrollo” o (más francamente) “costos externos”. Mientras tanto, ya se ideaba maneras de pasar la cuenta a otros, de exportar estos costos hacia terceros inocentes, como cuando se desarrolla industrias de reciclaje de los desechos tóxicos en escondites del Tercer Mundo. Pero apenas es necesario mencionar crímenes como los que perpetran los que disimulan la basura tóxica, pues, muchos de los nuevos costos se agregaron prosaicamente al precio de los productos y de los servicios.

El crecimiento del sector de los servicios desató una clase enteramente nueva de “efectos inesperados”. No se podían catalogar ni en el rubro “costos externos” ni entre los “costos ambientales”. Estos efectos son particularmente notables en los servicios suministrados por las grandes “instituciones-Providencia” que son la Salud, la Educación, el Transporte. Independientemente de su obsolescencia o de su modernidad, de su ineficiencia o de su perfección técnica, estas instituciones tienen efectos contraproducentes, es decir contrarios a las metas por las cuales fueron establecidas. Cada uno puede por ejemplo constatar que, lejos de “igualar oportunidades”, las escuelas generan nuevas desigualdades, además de atontar a sus clientes; que la medicina propaga nuevas formas de enfermedad; que las carreteras congestionadas imposibilitan la locomoción.

Al ver cómo la contraproductividad se desparrama por todos los sectores productivos de la sociedad, uno llega a preguntarse si el producto último – el que resume todos los otros – de la economía productivista no es el desperdicio. ¿Será la economía moderna una construcción social de la realidad que – podría decir un Marx contemporáneo – actualiza la forma desecho de la mercancía y, con ello, destruye la naturaleza y degrada la cultura? Para que la producción moderna funcione, la economía debe primero volver a las personas dependientes de los bienes y servicios en oferta. Para generar esta dependencia, es imprescindible devaluar los patrones culturales heredados: acabar con la posibilidad de subsistir fuera de la economía mercantil, negar el sentido local de la buena vida y hasta subvertir los significados acostumbrados de las palabras.

Para que pueda advenir la producción en masa de las mercancías, servicios e imágenes de la modernidad, debe previamente haber un proceso de devastación cultural. Esta generación de vacío o desertificación crea las condiciones de la producción moderna. Podríamos definirla como el desvalor que precede al valor económico. El desvalor designa la destrucción necesaria para que pueda haber demanda de servicios y mercancías nuevas.

El desvalor afecta y degrada a todos los que aceptan la economía como la nueva forma de organizar la realidad. Una persona es menos persona, el amigo es menos amigo. El ocio se vuelve esparcimiento, y, con ello, menos cultura. El aire es menos puro, hay menos lugares intocados. La tierra, menos generosa, el agua menos cristalina.

Desecho y Entropía

Las mujeres mexicanas conocen innumerables recetas para preparar el maíz. En octubre, asan las mazorcas frescas y éstas se comen ensartadas en varitas de madera: son los elotes. Las otras mazorcas son dejadas en el tallo para que acaben de madurar y que el sol seque los granos. Entonces son recogidas, desgranadas y puestas a remojar en una revoltura de agua y de cal. Después de suavizarse una noche en esta decocción, el maíz se llama nixtamal. Molido en el metate – una piedra plana con un ligero ahonda-miento, que sirve de mortero – el nixtamal se convierte en masa, la pasta de la cual se harán las tortillas. Pero el maíz maduro y seco puede también ser molido en un polvo muy fino el cual, mezclado con agua, se convierte en atole, bebida untuosa que los mexicanos preferirán siempre a la leche. En los Estados sureños, se llama pozol. En el norte, en cambio, pozole es una sopa de granos de maíz que debe hervir un día entero. Todas estas operaciones toman lugar en el dominio femenino de la casa: en el patio, entre la cocina (siempre exterior) y la milpa. Los tamales, tlaxcales y chalupas vendidos en las calles por mujeres que son comerciantes independientes representan otras formas adicionales de preparar el maíz. Lo que el trigo y el pan son para los europeos, el maíz y las tortillas lo son para los mexicanos: ingredientes indispensables de todas las comidas.

Mucha gente ve en las ecocatástrofes actuales y pendientes el mane, thecel, phares de la economía productivista. Recientemente, un grupo de científicos japoneses ha propuesto una impresionante aclaración teórica de esta condena. El finado Profesor Tamanoy y sus colegas de la Sociedad Japonesa para el Estudio de la Entropía han sugerido que la degradación de las materias primas en desperdicios que resume todas las cadenas de producción y consumo tiene un significado análogo al flujo calórico de temperaturas elevadas a temperaturas bajas en el modelo de la máquina de vapor ideado por el francés Sadi Carnot [22]. Alrededor de 1830, Carnot intentó describir la “economía” de los flujos de calor en una máquina de vapor. Mostró que, como el agua corre naturalmente de un lugar alto a uno más bajo, haciendo eventualmente girar un molino de agua, así el calor – que él concebía como una sustancia, el “calórico” – sólo fluía de un punto caliente a otro más frío. Para Carnot, la máquina de vapor gira por la misma razón que gira el molino de agua: porque es animada por la caída irreversible de un fluido.

Según los científicos japoneses, el aparato de producción moderno, en su conjunto es parecido a una máquina de Carnot en que su movimiento depende también de una caída irreversible. Solo que esta “caída” no es un movimiento espacial, como en el caso del molino, sino un movimiento cualitativo. La degradación de la materia es el movimiento mismo de la producción industrial. Esta transforma materiales valiosos en basura, produciendo valores económicos en el camino. Y como el agua que ha accionado un molino sólo puede volver a la fuente alta mediante un gasto de energía (realizado, por ejemplo, por una bomba), la materia que “accionó” la máquina de producción degradándose en basura sólo puede ser reciclada a costa de generar más basura en algún otro lado.

Para que el balance de la producción económica parezca positivo, se necesita áreas de regeneración gratuitas, en las cuales ningún costo de reciclaje sea contabilizado. Este era el caso a principios de la era industrial, cuando incluso pequeñas islas de producción estaban inmersas en grandes espacios libres de industrias. En otras palabras, el mercado occidental parecía producir más bienes que desperdicios mientras tenía como “exterior” un mundo de subsistencia no mercantilizada que podía absorber sus desperdicios y entregar materias primas baratas. La globalización y la intensificación de la producción moderna vuelven estos espacios cada vez más escasos: no habiendo ya un “exterior”, todos los costos deben ser contabilizados. Las crisis económicas y los desastres ecológicos parecen indicar que el balance podría ya ser negativo. Según los miembros de la Sociedad para el Estudio de la Entropía, el único modo de preservar los equilibrios naturales y culturales es disminuir drásticamente la intensidad de la producción de mercancías y de servicios en el mundo entero.

A primera vista, puede parecer extraño que Tamanoy funde su explicación de la destructividad inherente a la producción moderna sobre la entropía, un concepto tomado de la termodinámica. El lector habrá entendido que “entropía alta” significa “calidad baja”, y eventualmente, viceversa. Tamanoy expande la analogía de Carnot (una máquina accionada por una “caída”) hasta comprender una sociedad cuya producción depende de la “caída” entrópica de la energía y la materia. Hay que notar que la analogía entrópica no alude sólo a la “producción” de desechos, sino que es el signo de un principio de degradación que mueve a la economía moderna, pero que también anuncia su fin.

Tamanoy y sus colegas muestran que la producción económica puede ser descrita en dos formas muy distintas. En el tablero de la ciencia económica, la producción es generación de valor, el cual es esencialmente un concepto abstracto que sólo existe sobre el papel. De la misma manera, los economistas se interesan en la formación de valor bajo la suposición de la escasez, no en la sociogénesis de la escasez. En contraste con estas abstracciones, Tamanoy intenta descubrir los orígenes de la escasez. Lo hace oponiendo otro esquema al “tableaux economique”. Es el esquema del “desvalor”. En este segundo esquema, la producción económica aparece como aumento de la entropía, saqueo de la naturaleza, y por ende, reducción de los espacios libres. Es la generación de escasez, o “desvalor”.

Naturaleza e Historia

La milpa y la producción económica son incomensurables: no se puede evaluar con la misma medida, ni ubicar en alguna escala que vaya de lo pequeño a lo grande, con la milpa a la izquierda y la economía a la derecha. No es el tamaño de la milpa lo que le da su encanto.

Temo que la milpa de don Bartolo sea víctima del desarrollo urbano el año próximo. Habrá sido la protesta desesperada de un hombre solo. Pero también puede vérsela como un símbolo del intento de mantener una tradición, fuente de la enjundia que, año tras año, se renueva y fortalece a don Bartolo en su identidad histórica. En última instancia, puede ser el intento terco o quijotesco de poner un poco de sentido en el mundo loco en el cual tuvo que volverse adulto.

Desde hace más de ocho lustros, “desarrollo” ha sido la palabra clave en las relaciones entre el Norte industrializado y el Sur. Prácticamente, siempre se trató de la producción: sólo incrementando su productividad podrían los países del Sur desarrollarse y, con ello, progresar. La era del desarrollo se sostuvo en la creencia que el Sur sólo puede alcanzar el bienestar atando su carro al tren del crecimiento económico del Norte. Pero el concepto de producción es más ambiguo que esta visión esquemática. Su cooptación entusiasta por las élites del Sur también se explica por sus connotaciones románticas: Cuando un líder latinoamericano o africano habla del desarrollo de las fuerzas productivas de su país, cree aludir a la realización de sus potencialidades, a su emergencia como un actor e interlocutor en el escenario político.

Ahora sabemos que los beneficios y los estragos de la producción son compañeros inseparables. No se puede tener a los unos sin los otros. La crisis ecológica tiene su origen histórico en la negación de esta inseparabilidad del valor económico y el desvalor.

 

Jean Robert es suizo pero ha vivido en México los últimos 20 años. Aunque entrenado como arquitecto, ha dedicado la mayor parte de su tiempo a investigar y escribir sobre la historia de la conciencia moderna. Sumergiéndose en la historia cultural del siglo XIX ha investigado la construcción social del concepto de energía y su impacto sobre la percepción del tiempo y del espacio. Aparte de su investigación, está comprometido en el diseño y construcción de retretes sin caída de agua.

 

Bibliografía

La historia del concepto de producción puede resumirse como una progresiva transición de un sentido de emanación o actualización al significado prometeico de creación humana que adquirió en los tiempos modernos. F. Kaulbach, «Produktion, Produktivitat» (Producción, Productividad), en Joachim Ritter y Karlfried Gründer (ed.), Historisches Worterbuch der Philosophie (Diccionario Histórico de la Filosofía), Basel: Schwabe y Co., 1989, Vol. 7, p. 1419ss, hace una representación en la forma de un fresco de esa transición de la antigüedad a la modernidad: insiste en que el significado económico moderno del término, se construyó, desde finales del siglo dieciocho, sobre la base de un significado prometeico ya constituido, aunque reciente. Volker Hentschel, «Production, Productivitat» (Producción, Productividad) en Otto Bruner el tal. (eds.), Geschichtüche Grundbegriffe (Fundamentos Históricos), Stuttgart: Klett-Cotta, 1984, Vol. 5, S. 1-26, divide la historia del concepto en una era «pre-teórica» y una era «teórica»; y enfatiza la importancia de un significado jurídico previamente constituido para la emergencia del término como término técnico de la economía.

Para la progresiva traducción de «producción» en un término técnico en el lenguaje económico, las contribuciones de los siguientes autores constituyen pasos decisivos: Francois Quesnay, Analyse du Tableau (Análisis de la Tabla), Paris: 1766, establece el significado económico del término, pero lo reserva aún para las obras naturales: la tierra y el trabajo en la tierra son para él las fuentes de la producción. E. B. de Condillac, «Le Commerce et le Gouvernement» (El Comercio y el Gobierno) en Oeuvres Completes (Obras Completas), Paris: 1921-22, Vol. 4. p. 59, es aparentemente el primer autor que equipara el trabajo del artesano con la producción de la naturaleza. Adam Smith, The Wealth of Nations (La Riqueza de las Naciones), Londres: 1776, Libro 5, Cap. II y Libro 4, Cap. IX, donde critica a Quesnay y los fisiócratas, hace del «trabajo» la fuente de la producción. David Ricardo, On the Principles of Political Economy and Taxation (Sobre los Principios de la Economía Política y la Imposición), desengancha la «producción» de la consideración de actividades concretas, un paso que puede compararse con la teoría de la agricultura de Liebig, en la cual las sustancias químicas, y ya no la tierra, nutren a las plantas. Para una colección de panfletos tempranos, incluyendo el de Defoe, véase J. R. McCulloch (ed.), Select Collection of Scarce and Valuable Economical Tracts (Colección Escogida de Opúsculos Económicos Escasos y Valiosos), Londres: 1859.

H. Immler, Natur in der okonomischen Theorie (La Naturaleza en la Teoría Económica), Opladen: Kiepenheuer, 1985, señala cómo en la percepción de los economistas clásicos, la naturaleza ha sido ocultada por el trabajo humano como la fuente primaria de valor. J. Burkhardt, «Das Verhaltensleitbild «Produktivitat» und seine historisch-anthropologischen Voraussetzungen» (La «Productividad» como Imagen Orientadora del Comportamiento y sus presupuestos históricos y antropológicos») en Saeculum, 25, 1974, pp. 277-305, subraya que «productivo» pudo convertirse en un valor dominante sólo después que se pensó que el hombre era capaz de incrementar continuamente más riqueza a través del tiempo. W. Schivelbusch, The Railroad Journey: Trains and Travel in the 19th Century (El Viaje de Ferrocarril: Trenes y Tráfico en el Siglo Diecinueve), Oxford, Basil Blackwell, 1980, construye sobre la intuición de Marx de que el transporte transforma los bienes en mercancias, ilustrando el rol que jugó el ferrocarril.

H. W. Arndt, The Rise and Fall of Economic Growth: A Study of Contemporary Thought (El Ascenso y la Caída del Crecimiento Económico: Un Estudio del Pensamiento Contemporáneo), Chicago: University of Chicago Press, 1984, rastrea la emergencia del «crecimiento» como un objetivo de política mientras que The New Encyclopaedia Britannica (La Nueva Enciclopedia Británica), 15a. edición, Londres: 1986, Vol. 20, p. 207, ofrece una historia concisa del concepto «Producto Nacional Bruto», mostrando los pasos con los cuales la comparación competitiva entre las naciones ayudó a generalizar el concepto de producción. S. Gudeman, Economics as Culture: Models and Metaphors of Livelihood (La Economía como Cultura: Modelos y Metáforas de Subsistencia), Londres: Routledge, 1986, ilustra cómo diferentes cosmologías dan forma al significado de producción, y D. Groh, «How Subsistence Economies Work» (Cómo Funcionan las Economías de Subsistencia) en Development, No. 3, 1986, describe la racionalidad de la así denominada subproductividad de las economías premodernas. Para un penetrante tratado histórico sobre el significado del trabajo en el pensamiento occidental, véase H. Arendt, The Human Condition (La Condición Humana), Chicago: University of Chicago Press, 1957.

Ivan Illich, Medical Nemesis (Némesis Médica), New York: Random House, 1976, lanzó una nueva reflexión sobre la contraproductividad estructural de las agencias productoras de servicios y la ilustró con la difusión moderna de la «iatrogénesis», el efecto de las instituciones sanitarias en la producción de la enfermedad. Jean-Pierre Dupuy y Jean Robert, La Trahison de l’Opulence (La Traición de la Opulencia), Paris: Presses Universitaires de France, 1976, construye sobre la distinción de Illich entre la contraproductividad clínica y simbólica (o paradójica) y prueba esta distinción conceptual en varios dominios de las industrias de servicios modernas, en particular el transporte. Otra versión de contraproductividad puede encontrarse en F. Hirsch, Social Limits to Growth (Límites Sociales al Crecimiento), Londres: Routledge, 1978. El concepto de desvalor fue también introducido por Ivan Illich, «Disvalue and the social creation of waste» (Desvalor y la Creación Social de Desechos), ponencia, Tokio: Meiji University, como respuesta a Yoshiro Tamanoy, Atsushi Tsuchida, Takeshi Murota, «Towards an entropy theory of economy and ecology» (Hacia una Teoría Entrópica de la Economía y la Ecología), en Economie Apliquée, 37, 1987, pp. 279-94.

 

W. Sachs (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, Pratec, Perú, 1996.

 


[1] Harry S. Truman, Discurso de Investidura, 20 Enero 1949, en Documents on American Foreign Relations (Documentos sobre las Relaciones Exteriores Norteamericanas), Connecticut: Princeton University Press, 1967, pp. 103, 104.

[2] F. Kaulbach, “Produktion, Productivitat” (Producción, Productividad), primera parte en Joachim Ritter y Karlfried Gründer, Historisches Worterbuch der Philosophie (Diccionario Histórico de la Filosofía), Basilea: Schwabe & Co., 1989, Vol. 7, p. 1419ss.

[3] Véase el artículo de Volker Hentschel, “Produktion, Productivitat” (Producción, Productividad) en Otto Bruner et al. (eds.), Geschichtliche Grundbegriffe (Fundamentos Históricos), Stuttgart: Klett-Cotta, 1984, Vol. 5, p. 2.

[4] «Y por imprudencia mezclados, Producen prodigiosos nacimientos de cuerpo y mente. Tales fueron estos Gigantes, hombres de gran renombre», John Milton, Paradise Lost (El Paraíso Perdido), Libro XI, pp. 680-85.

[5] Véase V. Hentschel, op. cit., p. 1-26.

[6] Para ellos, la productividad era una fuerza natural que existe independien­temente del hombre y se encarna, por ejemplo, en el genio. Véase Kaulbach, op. cit.

[7] J. W. Goethe, “Uber den Dilletantismus” (Sobre el Dilentatismo), Dichtung und Wahrheit (Poesía y Verdad), (IV, 16).

[8] Daniel Defoe, Giving Alms no Charity, And Employing the Poor: The Grievance to the Nation, Being an Essay Upon this Great Question (Dar Limosna no es Caridad, y Empleando a los Pobres: Queja a la Nación, Siendo un Ensayo sobre esta Gran Cuestión), Londres: 1704 (Republicado en J. R. McCulloch, ed., Select Collection of Scarce and Valuable Economical Tracts (Colección Escogida de Opúsculos Económicos Escasos y Valiosos), Londres: 1859; el libro contiene también «Dissertation on the Poor Laws» (Disertación sobre las Leyes de Pobres) de Towsend y «Thoughts and Details on Scarcity» (Pensamientos y Detalles sobre la Escasez) de Burke).

[9] Véase F. Quesnay, Analyse du Tablean (Análisis de la Tabla), Paris: 1766. Las citas anteriores provienen de la crítica a los fisiócratas por Adam Smith, véase Adam Smith, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, México: Fondo de Cultura Económica, 1958, Libro 4, Cap. IX, pp. 591-96.

[10] E. B. de Condillac, Le Commerce et le Gouvernement (El Comercio y el Gobierno) en Oeuvres Completes (Obras Completas), Paris: 1921-22, Vol. 4. p. 59.

[11] Adam Smith, op. cit., Libro 4, Cap. IX, p. 591.

[12] Ibid., Libro 5, Cap. II, p. 169.

[13] Ibid., Libro 2, Cap. III, p. 300.

[14] Véase David Ricardo, On the Principles of Political Economy and Taxation (Sobre los Principios de la Economía Política y de la Imposición), Londres: 1811, Cap. I.

[15] V. Hentschel, op. cit., p. 11.

[16] Karl Marx y Friedrich Engels, Die deutsche Ideologie (La Ideología Alemana) (1845-46), MEW, Vol. 3 (1958), p. 21. La cita es tomada de la edición de Pueblos Unidos, Montevideo, Uruguay, 1911, traducida por Wenceslao Roces, p. 19.

[17] Karl Marx, Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy (Grundrisse: Fundamentos de la Crítica de la Economía Política) Londres: 1913 (1844), p. 534.

[18] Wolfgang Schivelbusch, Geschichte der Eisenbahnreise : Zur Industrialisierung von Raum und Zeit in 19, Jahrhundert, Frankfurt a.M. : Fischer, 1989, p. 41, 42. (Historia del Viaje en Ferrocarril: Sobre la Industrialización del espacio y del tiempo en el siglo 19).

[19] E. P. Thompson, The Making of the English Working Class (La Formación de la Clase Obrera Inglesa), Nueva York: Random House, 1966.

[20] Uno de los más notables ‘agnósticos económicos tempranos’ fue el economista austríaco Leopoldo Kohr. Desde fines de los años 40, había reparado en la contradicción entre poder burocrático creciente y degradación de la condición humana en los grandes espacios económicos abiertos a las fluctuaciones oceánicas del valor. Véase Leopoldo Kohr, The Breakdown of Nations (El Colapso de las Naciones), Nueva York : Routledge and Kegan Paul, 1951.

[21] Véase The New Encyclopaedia Britannica (La Nueva Enciclopedia Británica), 15a. edición, Londres: 1986, Vol. 20, p. 201.

[22] Yoshiro Tamanoy, Atsushi Tsuchida y Takeshi Murota, “Towards an entropy theory of economy and ecology” (Hacia una Teoría Entrópica de la Economía y la Ecología) en Economie Apliquée, 31, 1984, p. 219ss.

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