Ivan Illich, Desvalor, 1986

El foro del profesor Tamanoi

Esta primera reunión pública de la Entropy Society japonesa nos permite conmemorar al profesor Joshiro Tamanoi. La mayoría de nosotros fuimos sus amigos o sus alumnos. Las cuestiones que suscitó son las que congregan aquí a 600 participantes, físicos y biólogos, economistas y ecologistas.

Cuando enseñaba economía en la universidad de Tokio, el profesor Tamanoi tradujo a Karl Polanyi en japonés. A través de su enseñanza y sus obras, le dio un sabor japonés único a la investigación ecológica uniendo dimensiones culturales y dimensiones físicas. Logró esto concentrándose en la interacción entre la ideología económica de una época y la matriz tierra-agua que corresponde a la vida social. Fue un militante activo de una política del medio ambiente y un maestro fuera de serie. Los que fueron sus amigos nunca olvidarán su delicadeza.

Designar un mal

Casi no mantenía ilusiones. Con valentía, reflexionaba sobre la guerra moderna, la fealdad moderna y la injusticia social moderna, incluso confrontado a un horror casi insoportable. Pero nadie olvidará el equilibrio de Tamanoi-sensei. Su compasión, su humor sutil que nunca lo abandonaban. Me hizo conocer el mundo de los que sobrevivieron con las cicatrices de la bomba de Hiroshima, los hibakusha. Y en él veo a un hibakusha mental. Vivió la “experiencia interior” bajo la sombra de Hiroshima y Minamata. Bajo esta nube forjó una terminología para vincular espacios históricos con lugares materiales. Para ello usaba la “entropía” como un semeion, una señal de la amenaza inminente contra una percepción exquisitamente japonesa de la localidad que aparentemente no tiene un equivalente occidental, como por ejemplo el fudo. La entropía ocupaba el centro de nuestras conversaciones. En esta conferencia me propongo explorar los límites en los que la noción de entropía puede aplicarse con utilidad a fenómenos sociales comparándola con la noción de desecho. Sugeriré entonces la noción de “desvalor” que espero nos permita aprehender con mayor claridad el término “entropía” cuando se usa fuera de la física o de la teoría de la información.

El término “entropía” se debe al físico alemán Clausius. En 1850, al estudiar la relación entre el calor y la presión en un sistema cerrado, buscó una palabra para designar esta función. Helenista aficionado, tomó del griego el término “entropía” en 1865. Desde entonces esta palabra designa el algoritmo que define un fenómeno que anteriormente no se había notado. Al elegir precisamente esta palabra, Clausius nos prestó un servicio. En griego clásico, entrópeo significa “girar”, “torcer”, “pervertir” o “humillar”. Después de un siglo de su introducción en la física, el término griego sigue siendo capaz de traducir una desviación frustrante que anteriormente se desconocía, que pervierte nuestras mejores energías sociales e intenciones morales.

En algunos años, esta palabra se volvió una llave maestra para designar una variedad de desviaciones paradójicas que tienen dos cosas en común: son tan nuevas que el lenguaje cotidiano no tiene un sentido tradicional preciso que darles, y tan exasperantes que la gente prefiere evitar mencionarlas. Para tabuizar su propia implicación en un consumo furioso de bienes y servicios, la gente se apropia de la no palabra “entropía” con el fin de que la degradación social aparezca como un caso, entre otros, de una ley natural general.

Cuando la gente evoca el empobrecimiento cultural que se revela en la escuela embrutecedora, en la medicina iatrógena y en la aceleración devoradora de tiempo, habla de la perversión de las buenas intenciones, no de los flujos de energía o de información. A lo que apuntan es a los efectos nefastos de la búsqueda de metas sociales inapropiadas que no tienen nada de la inocencia del determinismo inexorable que asociamos en física con la entropía. La degradación de la diversidad cultural por la organización transnacional de los flujos monetarios no es una ley natural, sino el resultado de la codicia. La desaparición de las culturas de subsistencia ligadas con terruños es un aspecto histórico y dramático de la condición humana, pero es reciente. La desaparición de las “ideologías” que privilegian la matriz tierra-agua es el hecho de las empresas y de los esfuerzos del hombre. Lo que nos parece natural en este final del siglo XX no ha existido todo el tiempo.

Tamanoi me hizo captar que es posible englobar el suelo, el agua y el sol en una antropología filosófica, hablar de una “filosofía de la tierra”. Después de nuestras conversaciones, redescubrí a Paracelso, que proponía el mismo enfoque. Una filosofía de la tierra parte de la certeza de que la razón es vana sin una elaboración recíproca de las normas y de la realidad tangible; que hay que ver la entidad culturalmente elaborada al mismo tiempo que su “entorno”, tal y como se presenta en un tiempo y en un lugar concretos. Esta interacción procede tanto del modo moral y estético como de los “espíritus” que elaboran los rituales y las artes a partir de la matriz terrestre de un lugar. La desaparición de las matrices correspondientes de la tierra y de la sociedad es una cuestión que no podríamos explorar con demasiada atención. A este respecto, la comparación entre la devastación de la diversidad cultural y la degradación cósmica puede ser útil, pero sólo a condición de que entendamos claramente los límites en los que la ciencia todavía es susceptible de engendrar metáforas. En cuanto metáfora, la entropía puede ser reveladora. Pero, en cuanto análogo, sólo puede ser engañosa.

La entropía como metáfora en oposición a la entropía como análogo reductor

La última plática que nos reunió al profesor Tamanoi y a mí tuvo lugar después de un recorrido por su isla natal de Okinawa. Me hizo visitar a sus amigos, campos de batalla, grutas refugio, refinerías. Desde un recodo sobre un camino de montaña contemplamos los equipos petroleros y la bahía actualmente abandonada. Las conchas, los jardines y la vida aldeana habían desaparecido. Nuestra conversación versó sobre el peligro de pasar, intelectualmente, de un árbol muerto a la contaminación del planeta. Ciertamente, la contaminación es un mal a escala mundial. Pero esta devastación y sus efectos tangibles nunca deben desviarnos de la tristeza que nos causa este árbol muerto, este paisaje, el parque de almejas, vacío, de este hombre. El lenguaje de los especialistas puede con facilidad debilitar nuestra muda cólera en relación con los pantanos que conocimos y que desde hace poco están cubiertos con chapopote o con asfalto. Evocar la destrucción de la belleza como un ejemplo de entropía es difícil. La metáfora tiende a enmascarar la vil malignidad que, normalmente, deploraríamos, y en la que participa cualquier persona que conduce un automóvil o viaja en avión. Las palabras creadas a partir de nociones técnicas son notablemente impropias para un uso metafórico. Cuando los términos técnicos pasan a un discurso ético, eclipsan casi inevitablemente el significado moral.

Las palabras auténticas tienen un nimbo. Por el contrario, los términos no tienen connotaciones. Un nimbo de connotaciones rodea las palabras, como la imagen del carillón de viento que la voz pone en movimiento. La “entropía” no está entre estas palabras, aunque muchos traten de usarla así. En este último caso, está limitada de dos maneras: pierde lo tajante que tenía en cuanto término, y nunca adquiere las armonías de una palabra fuerte. En un poema es una piedra, y en el discurso político, un garrote.

Las palabras que la gente usa cuando quiere decir algo importante no se sacan arbitrariamente de una lengua muerta – por ejemplo, el griego antiguo – ni se cargan de sentido únicamente por su definición. Cualquier palabra auténtica tiene su cuna natal; está arraigada allí como una planta en una pradera. Algunos términos se despliegan como plantas rampantes, otros tienen la densidad del roble. Sin embargo, su efecto está bajo el control del locutor. Quien habla se esfuerza por hacer que sus palabras signifiquen lo que quiere decir. Pero ninguna definición clara se le da a la entropía cuando tiene otra acepción que no es la técnica. Nadie puede decir a la persona que pronuncia esta palabra que la maneja mal. No hay una manera justa de usar un término técnico en la conversación ordinaria.

Cuando “entropía” se usa en el lenguaje corriente, pierde su poder de designar una fórmula; no encaja ni en la frase ni en el sistema. Pero también pierde el género de connotación que poseen las palabras fuertes. Desprende un halo evocador que, al contrario del sentido de las palabras fuertes, es vago y arbitrario. Cuando el término “entropía” aparece en una declaración política, falazmente toma un giro científico, mientras que de hecho probablemente no tiene sentido. Si convence, no es en virtud de su fuerza, sino de una seducción irracional. Enmascara una perversión moral que, de otra manera, descompondría al locutor, pues da la impresión de que lo que formula es científico y está cargado de sentido.

Lo que veo, y me desconsuela y me turba en relación con esta isla degradada de Okinawa, es el resultado de la presunción, de la agresión y de la avidez de los seres humanos. La entropía evoca con fuerza una analogía estricta entre el reino de la dignidad y de la libertad humanas y las leyes del cosmos. Al hablar de agresión, de avidez y de desesperanza en este contexto de la entropía, disculpo el crimen y la despreocupación al invocar la necesidad cósmica. En lugar de confesar que, por mi modo de vida, promuevo un mal, sugiero que la eliminación de la belleza y de la diversidad es el trayecto ineluctable de la cultura y de la naturaleza. Ésta es la cuestión que ha tratado Tamanoi. Él definía la interacción local del hombre y de la tierra, moldeada ideológicamente, como el centro del cosmos.

A pesar de esta ambigüedad, la “entropía” sigue siendo un término precioso. Usado como una metáfora evocadora y flexible, y no como un análogo reductor, sirve para alertar a algunos ante la degradación social, la pérdida de la belleza y la diversidad, la trivialidad y la sordidez crecientes. Nos ayuda a reconocer los ruidos parásitos, las ondas ineptas y desprovistas de significado que bombardean nuestros sentidos internos y externos. Si estuviera seguro que se conservan en la mente estas limitaciones, no quisiera renunciar a él.

El desvalor por oposición a la entropía

Tomadas al pie de la letra, las metáforas son generadoras de absurdidades. Decir que el cerebro de mi hijo es una computadora expresa sólo la vanidad de un padre que pretende ser moderno. Sin embargo, la eficacia de una metáfora procede sobre todo del choque que provoca en el oyente una impropiedad intencional del lenguaje. La metáfora no opera más que cuando los dos terrenos entre los que navega esta metáfora son orillas accesibles al entendimiento del oyente. Ahora bien, cuando se usa el término “entropía” en un sentido metafórico se trata de ligar terrenos particularmente oscuros y alejados uno de otro. Para el oyente medio, el mundo de la ciencia es impresionante – por definición, su lenguaje matemático es ajeno al hombre de la calle. Por otra parte, el terreno en el que la metáfora de la entropía se supone que sirve de guía – el universo de la contaminación organizada, de la seguridad apocalíptica, de la educación programada, de la enfermedad medicalizada, de la muerte informatizada y otras formas de sinsentido institucionales – es tan aterrador que sólo puedo considerarlo con el respeto que se debe al diablo; con el temor constante de perder la sensibilidad de mi corazón acostumbrándome al mal.

Ahí está el peligro asociado con el término “entropía”, a causa de la desviación socioeconómica generalizada que pervierte moralmente casi la totalidad de los aspectos de la existencia posmoderna. Sin embargo, este término nos fue útil. Nos forzó a darnos cuenta de que nos quedamos sin voz ante una evolución social que da la impresión (falaz) de ser tan natural como el caos hipotético que resulta del curso irreversible del universo.

El término que denomina esta desviación debería ser tal que denotara la naturaleza histórica y moral de nuestra tristeza, la perfidia y la depravación que causan la pérdida de la belleza, de la autonomía y de esta dignidad que da su valor al trabajo del hombre. La entropía implica que la devastación es una ley cósmica, que comenzó con el Big-Bang. Ahora bien, la degradación social que hay que designar no coexiste con el universo; es algo que, en la historia de la humanidad, tiene un inicio, y a la que entonces se le podría poner un fin.

Propongo designar este fenómeno como “desvalor”. Puede ponerse en relación con la degradación del valor, así como la entropía se puso en relación con la degradación de la energía. La entropía es una medida de la transformación de la energía en una forma que ya no puede convertirse en “trabajo” físico. “Desvalor” es un término que traduce la destrucción de los ámbitos de comunidad y de las culturas, y que da como resultado que el trabajo tradicional se despoja de su capacidad de engendrar la subsistencia. En este punto, la analogía entre los dos conceptos es bastante cercana para justificar el salto metafórico que une la astronomía con los modos de vida modernos (e inversamente).

La palabra “desvalor” no aparece en los diccionarios. Por su parte, al “valor” tenemos muchas ocasiones de encontrarlo. Algo puede ser devaluado o sobrevaluado; las acciones pierden valor; las monedas antiguas ganan en valor; el amor fingido no tiene valor. En todos estos usos, el “valor” se considera como algo evidente. En el lenguaje cotidiano, puede significar cualquier cosa o casi… De hecho, con frecuencia se usa para significar el bien. Procede de la disposición mental que, a mediados del siglo pasado, produjo igualmente “fuerza de trabajo”, “desecho”, “energía” y “entropía”.

El concepto de desvalor permite mostrar las homologías y las contradicciones que existen entre la degradación social y la degradación física. Mientras que el “trabajo” físico tiende a aumentar la entropía, la productividad económica del trabajo descansa sobre la desvalorización anterior de las actividades tradicionales en el seno de una cultura. El desecho y la degradación se consideran habitualmente como efectos secundarios de la producción de valores. Precisamente la idea que avanzo es la idea inversa. Sostengo que el valor económico sólo se acumula a causa de la devastación anterior de la cultura, que también puede considerarse como una creación de desvalor.

La parábola de los “desechos” de México

México ofrece al mundo un nuevo azote. Hoy es un lugar en el que las salmonelas y las amibas se transmiten normalmente por las vías respiratorias. Quien llegue al valle de Tenochtitlán, situado a 2 250 metros de altura y ceñido de montañas, busca su aliento en la atmósfera enrarecida. Hace medio siglo, en la ciudad de México el aire era vivo y puro. Actualmente, los pulmones sirven de depósito de un aire muy contaminado por un smog que contiene una alta densidad de partículas sólidas, de las cuales muchas son agentes patógenos. Un conjunto particular de condiciones sociales incuba y dispersa las bacterias de la ciudad. Algunos ilustran la manera en que el derrumbe cultural, la ideología y los preconceptos tecnocráticos se conjugan para crear el desvalor. La evolución de la ciudad de México desde hace 30 años es un cuento moral que describe la sobreproducción del desvalor.

En 40 años, la ciudad pasó de un millón de habitantes a más de 20 millones. La única experiencia que tienen en común, antes de su llegada, los que van ahí a aglomerarse, es el gozo de un espacio casi ilimitado. La agricultura precolombina no conocía el gran ganado doméstico. El buey, el caballo y el asno se trajeron de Europa. Las evacuaciones animales se apreciaban. El esparcimiento de los excrementos humanos era algo usual. Los recientes inmigrantes de la ciudad generalmente vienen de las zonas rurales. No tienen hábitos de higiene apropiados a una gran densidad de población. Y las nociones mexicanas relativas a la defecación jamás fueron modeladas por una atención comparable a la que presta a estas cuestiones el pensamiento hindú, musulmán o confuciano. No es entonces sorprendente que hoy, en la ciudad de México, entre cuatro y cinco millones de personas no tengan un lugar específico para depositar sus heces, su orina, su sangre. La ideología de los WC paraliza la urbanización cultural de las costumbres nativas de los inmigrantes.

La ceguera elitista ante la naturaleza cultural de los excrementos, cuando éstos se producen en una ciudad moderna, se conjuga con las visiones extremadamente especializadas que las escuelas de pensamiento higienista internacionales implantaron en la mente de los burócratas mexicanos. El prejuicio anglosajón que bloquea fisiológicamente los movimientos peristálticos salvo si uno está sentado en el excusado, con el papel de baño a la mano, se volvió endémico en la élite gobernante de México. De ahí resulta que es singularmente ciega al verdadero problema que se plantea. Además, durante el boom petrolero de inicios de los años setenta, esta élite se entusiasmó con proyectos megalómanos. Se emprendieron inmensos trabajos públicos que nunca terminaron, y las ruinas de los proyectos inacabados se consideran como símbolos de un desarrollo que arrancará muy pronto. Mientras que en las capas pobres de la población se las arreglan como pueden sabiendo que el final del desarrollo está ahí, el gobierno sigue hablando de una crisis económica temporal que momentáneamente detuvo el flujo de dólares y de agua. Su uso cotidiano de excusados, conjugado con la ilusión de atravesar una crisis de corta duración, vuelve ciegos a los planifícadores y a los expertos en técnicas sanitarias frente a la evidencia de que los excrementos de sus cuatro millones de conciudadanos sin excusados seguirán expandiéndose, descomponiéndose y atomizándose en el aire rarificado de la alta planicie.

El terremoto de la ciudad de México

Además, en septiembre de 1985, un sismo sacudió no sólo la capital del país, sino también la suficiencia de algunos profesionales. En países como México, los ingenieros y responsables de servicios de higiene forzosamente pertenecen a la clase que, por definición, usa excusados. Pero, en 1985, muchos de ellos se vieron privados de agua en su domicilio y en su trabajo durante varias semanas. Por primera vez en la prensa, editorialistas se preguntaron si la higiene significa inevitablemente la dilución de las heces y la producción de agua fangosa. Lo que debería haberse constatado desde hace largo tiempo se volvió bruscamente una evidencia para algunos: México no tiene la capacidad económica de proveer agua para varios millones de excusados suplementarios. Además, si hubiera incluso bastante dinero y si el uso de la caja de agua estuviera estrictamente reglamentado, la generalización de los excusados constituiría una seria y desastrosa agresión contra el México rural. El bombeo de millones de litros de agua necesarios devastaría a las comunidades agrícolas semiáridas en un radio de cerca de 200 kilómetros. Lo que forzaría a emigrar a la ciudad de México a millones suplementarios de individuos. Abandonadas, millones de hectáreas de suelos frágiles de las terrazas, de las cuales algunas se remontan más allá de la llegada de los españoles, serían barridas por los vientos y las lluvias. El centro de la meseta mesoamericana se volvería definitivamente desértico. Habría ahí un enorme desperdicio suscitado por una ideología que trata a los seres humanos como productores naturales de desechos. Animados con ideas diferentes, una nueva oposición política se constituyó, que eligió promover unidades de composta tanto para los ricos como para los pobres.

Es interesante observar de qué manera un grupo restringido, pero potencialmente influyente, reaccionó sin retomar por su cuenta la ideología de los excusados. Para esos ciudadanos, el ideal de la normalidad que en español significa la perpendicularidad, voló en pedazos. Esta gente, que, aparte de algunos profesionales, forma parte de una capa muy pobre, prisionera de una de las más grandes megalópolis del mundo, rechazó los símbolos de la vida urbana, los rascacielos, las profundas vías subterráneas, los mercados gigantescos. Para ellas, el corazón de la ciudad de México en ruinas se volvió un signo de esperanza. Certidumbres en cuanto al agua y a los excrementos, hasta ese momento admitidas sin examen, se volvieron objeto de chistes. En las pulquerías, volaban las bromas sobre el desarrollo. De forma manifiesta, el desarrollo no había llevado a una redistribución del valor acumulado, sino a la creación de un gigantesco mojón compuesto de cemento y plástico y que necesita mantenimiento por parte de servicios profesionales. Los desagües se volvieron el símbolo de los remedios requeridos en una ciudad erigida para el entrenamiento del homo oeconomicus en el uso de los excusados.

La historia del desecho

La definición social de los excrementos, que en la mente de quienes los producen no pueden transformarse en composta, se volvió simbólica de la “depreciación” de la gente. La gente aprende que es tributaria de servicios incluso cuando actúa bajo la incitación de las necesidades más elementales. En esta óptica, el excusado es una máquina para instalar la costumbre de agacharse, de depreciarse, que prepara al ciudadano a depender de servicios escasos en otros terrenos. Hace nacer la percepción corporal del homo generador de desecho. Cuando la gente capta que, varias veces al día, sus necesidades físicas de evacuación engendran una degradación del medio ambiente, es fácil convencerla de que, simplemente al existir, no puede dejar de contribuir a la “entropía”.

El desecho no es una consecuencia natural de la existencia humana. El profesor Ludolf Kuchenbuch, que trabaja en una historia del desecho, reunió ampliamente las pruebas. El concepto que sin discusión tomamos por nuestra cuenta apareció sólo hacia 1830. Antes de esta fecha, el término inglés waste [en español desecho, desperdicio], verbo y sustantivo, estaba ligado con la devastación, la destrucción, la desertificación, la degradación. Algo que no puede evacuarse. Los profesores Tamanoi y Murata construyeron su teoría sobre un presupuesto similar: si una cultura refuerza regularmente la interacción del sol, de la tierra y del agua, su contribución al cosmos es positiva. Las sociedades humanas que crean desechos son las que destruyen la matriz tierra-agua de su medio y se vuelven centros de expansión de la devastación de las sociedades que las rodean. La entropía constituye un resultado de la destrucción de las culturas y de sus ámbitos de comunidad.

Es entonces injustificado atribuir a cualquier cultura la producción de desechos. Los miasmas y los tabúes no deben en absoluto considerarse como iguales a los contaminantes modernos: fundan reglas simbólicas que refuerzan la integración y protegen las culturas de subsistencia. El pretendido desarrollo es una desvalorización programada de estas protecciones.

El desvalor en oposición al desecho

El desvalor permanece invisible mientras prevalecen dos condiciones. La primera reside en la creencia general de que las categorías económicas, cuya tarea es medir “valores”, pueden usarse en formulaciones en relación con comunidades cuyo “asunto” no es el valor, sino el bien. El bien forma parte de una “ideología” local ligada con una mezcla de elementos inherentes a un lugar específico – para hablar como Paracelso o como Tamanoi –, mientras que el valor es una medida que conviene a la ideología abstracta de la ciencia. La segunda fuente de ceguera ante el desvalor es la certeza obsesiva de la plausibilidad del progreso. Esta propensión a reducir la convivencialidad a la economía primitiva, junto a un horror de la tradición disfrazada como voluntad de contribuir al progreso de los otros, engendra la destrucción inconsiderada del pasado. Se llega a mirar a la tradición como una expresión histórica del desecho, de la que hay que deshacerse al mismo tiempo que de las inmundicias del pasado.

Hace solamente 10 años todavía parecía posible hablar con seguridad del progreso del siglo XX. La economía se presentaba como una máquina que acrecienta el flujo monetario. La economía, la información y el dinero parecían obedecer a las mismas reglas – las leyes de la entropía se aplicaban por igual. El desarrollo de la capacidad de producción, la multiplicación de trabajadores calificados y el aumento del ahorro se veían como elementos constitutivos del “crecimiento” que, tarde o temprano, repartiría más dinero a más gente. A pesar de una mayor desintegración social debida al crecimiento del flujo monetario, lo que se presentaba como la exigencia primera para satisfacer las necesidades fundamentales de más gente ¡era siempre más dinero! La entropía parecía entonces un análogo pertinente de la degradación social que resultaba de la circulación general del dinero.

Mientras tanto, se anunciaba una cuestión nueva y radical de las verdades económicas. Hace sólo 20 años todavía no era ridículo imaginar una comunidad mundial fundada sobre una dignidad y una justicia iguales, que podría proyectarse siguiendo el modelo de los flujos de valor derivados de la termodinámica. Desde entonces no sólo la promesa de igualdad entre los hombres sino incluso la posibilidad de una oportunidad igual de sobrevivencia suenan vacías. A escala mundial es evidente que el crecimiento concentró los provechos económicos, desvalorizando simultáneamente a los seres y los lugares de manera tal que la sobrevivencia se volvió imposible fuera de la economía monetaria. Más gente está más desprovista e impotente como nunca en el pasado. Además, los privilegios que sólo pueden adquirir los que gozan de grandes percepciones son cada vez más apreciados, principalmente como un medio de escapar al desvalor que afecta la vida de todos.

La ideología del progreso económico extiende una sombra de desvalor sobre casi todas las actividades modeladas culturalmente de manera separada del flujo monetario. Gente como los inmigrantes rurales de la ciudad de México, y nociones como las reglas de salud locales se devalúan mucho antes de que se les puedan dar excusados eficientes. La gente está obligada a entrar en una nueva topología mental en donde los lugares destinados a los movimientos peristálticos son escasos, al mismo tiempo que los recursos para crear estos lugares están fuera del alcance de la nueva economía en la que se encuentran. La ideología de la producción y del consumo en condiciones implícitas de escasez “natural” se apodera de su mente mientras que el dinero o el empleo remunerado están fuera de su alcance. La autodegradación, el autorrebajamiento, el autofracaso caracterizan la creación de las condiciones necesarias para el crecimiento legítimo de una economía monetaria.

Aquí es donde Joshiro Tamanoi entra en escena. No sólo tradujo a Karl Polanyi, sino que también enseñó sus ideas. Retomó la distinción entre economía monetaria y economía de subsistencia que se remonta a Polanyi. Cuarenta años después de él, Tamanoi – de quien sólo conozco el pensamiento por nuestras conversaciones, pues sus obras están en japonés, lengua que ignoro – introdujo esta distinción en el Japón moderno. Puede usarse para resumir la tesis que expongo. La entropía es probablemente una metáfora eficaz para subrayar la depreciación en la economía monetaria. El flujo de la moneda o de la información puede, de cierta manera, compararse con el flujo del calor. Pero es evidente que la macroeconomía no nos dice nada de lo que la gente considera como bueno. La entropía no es pertinente para explicar la devastación de los contextos culturales de subsistencia gracias a los cuales la gente actúa fuera de la economía monetaria. En efecto, el “intercambio” de dones o las transacciones de bienes en la economía de subsistencia son, por su misma naturaleza, heterogéneos al modelo del flujo de valor postulado por la economía monetaria. Y, mientras que el modelo termodinámico del flujo se extiende, borra un modo de vida del que la entropía será para siempre ajena.

Ivan Illich

 

Conferencia pronunciada durante la primera reunión pública de la Entropy Society, Keyo University, Tokio, 9 de noviembre de 1986.

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