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Miguel Amorós, Sobre Jaime Semprún, 2017

Cazarabet: Amigo en el pensamiento de este escritor y pensador, ¿qué peso crees que supuso la figura de su padre, Jorge Semprún…?

Miguel Amorós: Jorge Semprún fue su padre sólo en sentido biológico. En los escasos momentos de trato, el adolescente inconformista que fue Jaime reprochó a su progenitor haber sido estalinista, y, por consiguiente, haber contribuido a la obra totalitaria del régimen seudocomunista soviético. La fama de su padre como escritor y amigo de políticos le resultaba vulgar y obscena, edificada sobre una gran mentira de la que sacó buena tajada. Él fue exactamente lo opuesto. Cultivó la verdad sobria y discretamente. Nunca puso en venta sus cualidades e hizo todo lo que pudo por apartarse del monstruo de la publicidad; éste le siguió el juego, ignorándolo. Supo tan bien ocultarse del espectáculo que encontrar hoy en los medios una foto suya resulta misión imposible.

Cazarabet: Pero él, claro, le da como varias vueltas de tuerca a los pensamientos de los que debió, de alguna manera, beber durante años… ¿Cuál es su evolución?

Miguel Amorós: De muy temprano Jaime adquirió un sólido bagaje literario y, sobre todo a partir de la revuelta de Mayo del 68, su formación filosófica y política dio pasos de gigante en relativamente poco tiempo. En su biblioteca podía realizarse un inventario completo de la revolución en todos los órdenes. Hizo una corta incursión en el cine experimental, e incluso dirigió un par de ensayos filmados, que mandó destruir. La crítica situacionista le influyó bastante, pues prestó una base teórica coherente y un sentido histórico a una rebeldía juvenil que en aquellos tiempos era general. Le dio razones y orientó sus lecturas. El talento hizo el resto. En 1975, incitado por Debord, fue capaz de escribir la mejor defensa internacional de la revolución portuguesa, plasmada en un texto, La Guerra Social en Portugal, solamente echando mano de la prensa y de los relatos de algún compañero que venía de allí. La relación con Debord sería efímera y frustrante. Jaime no se esperaba que alguien como él pudiera disponer de las personas como piezas del tablero de ajedrez, pero en aquellos días Debord jugaba a estratega.

Cazarabet: Un hombre muy peculiar atrevido y adelantado, diría, a su tiempo. Tú que lo conociste de tan cerca, ¿qué nos puedes explicar?

Miguel Amorós: Más bien un hombre que marchaba al paso de la realidad, un hombre inflexible con su tiempo, con el que no buscaba acomodarse. La lucidez le vino de su inconformismo teórico absoluto y de una formidable capacidad de síntesis. Se dio prisa en denunciar el pensamiento recuperador que los ideólogos del poder fabricaban con los materiales revolucionarios en un libro no traducido al español, Précis de récupération. Nunca se montó un refugio mental con verdades intemporales desde donde juzgar inapelablemente el mundo, o dicho de otro modo, nunca se plantó en una ideología, y por lo tanto, nunca se quedó atrás, sentado en un situacionismo de epígonos. La nostalgia no casaba con él, sobre todo en los años setenta y primeros ochenta, cuando las posibilidades de una revolución mundial, o al menos de un retorno de la misma que diera al traste con el viejo mundo, no se habían agotado. Entonces todavía todos  éramos optimistas puesto que aún duraba el estado de insatisfacción generalizada de los sesenta y la crisis del capitalismo nacional generaba revueltas por doquier. Combatió con dureza a quienes en lugar de forjar una crítica global de la sociedad de clases mediante la acción directa, reproducían las mistificaciones de toda la vida dándoles un aspecto modernista. Seguramente por eso nunca fue un autor del agrado de los militantes. Fue el último de los revolucionarios con verdadero estilo, hecho a base de profundidad, verdad, rigor, sensibilidad y dialéctica. Lo verdaderamente especial de Jaime es que logró que esa grandeza de ánimo fuese compatible con una amabilidad sorprendente. Al contrario que otros, Debord por ejemplo, Jaime era cercano y acogedor con quienes se le aproximaban. Sus colaboradores eran también sus amigos y pasaba la mayor parte del tiempo con ellos. No creo que nunca rompiera realmente con ninguno. Ha sido la persona más noble, desprendida y generosa que jamás he conocido. Y la única con carisma capaz de concertar productivamente un círculo de individuos con personalidades fuertes y dispersas con los que llevó adelante sus proyectos.

Cazarabet: Se enfrentó al proceso de la transición española cuando escribió contigo, Manuscrito encontrado en Vitoria… en aquel entonces lo publicasteis firmándolo como los incontrolados. Cuéntanos cómo fue y qué supuso a vuestro alrededor, supongo que un pequeño terremoto, ¿no?

Miguel Amorós: Nos conocimos en 1975, al poco de exilarme y establecerme en Montreuil, un pueblo de la periferia de París. Nos pusimos mutuamente al día y tratamos de intervenir en el proceso revolucionario español con un folleto, La Campaña de España de la Revolución europea, al que debía de seguir un libro a publicar en Champ Libre. Ese libro era el Manuscrito, redactado íntegramente por Jaime. Por malas razones, ya tratadas en el prólogo a la edición de Pepitas, Debord impidió su publicación y decidimos entonces publicarlo en el estado español en forma de folleto. Mi exilio se había terminado y el Manuscrito se prestaba a servir de base para la formación de un grupo autónomo en España. Al revés de lo que pasó en Portugal, la situación insostenible del tardofranquismo y el empuje del movimiento obrero español eran conocidos en todos los medios de comunicación europeos y, por consiguiente, lo más necesario era publicar desde dentro ese máximo de verdad que el Manuscrito mostró de forma excelente. El texto, publicado en abril de 1977, no supuso ningún terremoto, pues las urgencias reivindicativas laborales y el sindicalismo de cualquier color y forma contaban entonces muchísimo más que la batalla por las ideas. El proletariado no quiso abolir su condición bajo el régimen capitalista y, por lo tanto, convivió perfectamente con toda clase de ideologías hasta auto negarse como clase revolucionaria. El Manuscrito no fue completamente ignorado pero tampoco influyó en los acontecimientos. Sin embargo, de vez en cuando va reimprimiéndose, signo de que el interés por aquella etapa fallida de la revolución española no ha desaparecido. Es un texto que aún no ha envejecido.

Cazarabet: Decía lo de “adelantado a su tiempo” porque lo era y lo demostraba, al menos a mí me lo parece, en aquellos días gritar contra la energía nuclear era más difícil que hoy – aunque es igual de necesario ayer como hoy – ¿qué nos puedes decir? Aquí hacemos un alto en el camino ya que, recordemos, este autor escribió La Nuclearización del mundo. Importante punto y aparte.

Miguel Amorós: La proliferación de centrales nucleares como respuesta capitalista a la crisis energética de los setenta suscitó una oposición numerosa capaz de concentrar multitudes mucho mayores que las que se formaban ante el cierre continuo de empresas incapaces de competir en un mercado mundial sin barreras aduaneras. El accidente de la central de Three Mile Island, cerca de Nueva York, en marzo de 1979, reveló que la nuclearización de los países capitalistas implicaba una serie de medidas de control de la población que con el pretexto de la seguridad acabaría instaurando un Estado policial. El capital ya no sólo se contentaba con explotar a los trabajadores e imponerles un modo de vida de acorde con las leyes de la mercancía, sino que también podía planificar su muerte a través del terror nuclear  y sus secuelas. La Nuclearización del Mundo apareció como panfleto anónimo en 1980, publicado por la revista “L’Assommoir”. En él, Jaime repudiaba la crítica moralizante mediante un recurso original, el falso alegato a favor o la sátira disfrazada de apología, al estilo del Swift de “Una Modesta Proposición para prevenir que los niños pobres de Irlanda sean una carga…” La colaboración con “L’Assommoir” posibilitó la publicación en lengua francesa del Manuscrito y la defensa de la revolución portuguesa contra el bordiguismo apacible de un puñado de ideólogos especializados en negar la evidencia de las revoluciones modernas como la de Mayo del 68, la portuguesa y la española. Este importante documento, Les syllogismes démoralisateurs, nunca fue publicado en castellano, y en cambio, las deyecciones del ultraleninismo anticonsejista si encontraron un público sectario minúsculo, pero persistente, por supuesto, en el espacio virtual. Tal es la fascinación que ejerce el extremismo abstracto en la neomilitancia impotente. El nº 4 de la revista fue consagrado a la revuelta polaca que cerraba el ciclo proletario iniciado en 1968. El texto Consideraciones sobre el estado actual de Polonia, fechado en enero de 1981, debido en gran parte a la pluma de Jaime, supuso el punto final de la colaboración y en cierto modo, impulsó un salto cualitativo en su trabajo crítico, el ocurrido con la fundación en el año de Orwell de la revista Encyclopédie des nuisances (Enciclopedia de la Nocividad), la más perspicaz de las publicaciones intransigentes y la más intransigente de las publicaciones perspicaces.

Cazarabet: ¿Qué se entendía por nocividad?

Miguel Amorós: Es un concepto clave en el pensamiento de Jaime y su círculo. La palabra “nuisance” es un neologismo del francés que se refiere a cualquier factor que moleste o perjudique a la gente común, y entre ellos podían figurar perfectamente la contaminación, las centrales nucleares, el trabajo asalariado, la alimentación industrial, el consumismo, el machismo, los expertos, los dirigentes, los capitalistas, etc., y por encima de todo, la nocividad suprema: el Estado. Con la idea de nocividad, la Enciclopedia denunciaba la característica más común de la organización social y el resultado principal de la producción moderna.

Cazarabet: Fue ecologista cuando era más difícil destapar el pastel porque ese pastel dejaba, todavía, buenas migas para todos; aunque no nos engañemos siempre había un sector mejor untado, los de siempre…

Miguel Amorós: Hay un malentendido con la palabra ecologista, con la que designamos igualmente a la amplia multitud de amantes de la naturaleza y a los activistas políticos que hacen bandera de su defensa. Jaime nunca fue ecologista, ni jamás se refirió al ecologismo en sentido positivo. La naturaleza no es algo distinto de la sociedad. Para defenderla con eficacia es necesario transformar radicalmente aquella. En realidad, el movimiento ecologista, a la hora de definirse, únicamente quería poner precio a la destrucción ambiental y, a lo sumo, administrar la catástrofe, nunca subvertir el marco social existente. Pero dentro de ese marco no hay solución posible a ningún problema de la vida real, empezando por el de la degradación de la naturaleza. En el mercado de la degradación, los ecologistas eran como los militantes sindicales en el mercado laboral, intermediarios interesados en la regulación de las contradicciones ocasionadas por la explotación del territorio ellos, y por la explotación de la fuerza de trabajo los otros. Su existencia iba ligada a la mercantilización de la naturaleza en tanto que negociadores del grado de nocividad admisible. La lucha contra la nocividad solamente podía triunfar como movimiento antieconómico y antiestatista, no como partido “verde” reconciliado con la economía gracias a fórmulas de desarrollo “sostenible”. Tal fue la conclusión de los enciclopedistas, particularmente en su Mensaje dirigido a todos aquellos que no quieren administrar la nocividad sino suprimirla, folleto difundido en 1990.

Cazarabet: Pero en la obra Semprún lanza críticas contra esa especie de fascinación que muestran y demuestran los hombres con el mundo de las máquinas responsables de cierto “orden social”… ¿es así?

Miguel Amorós: Las máquinas prometen una liberación que a pesar de su falsedad patente, continúa ejerciendo un hechizo que crece en la misma proporción en que las condiciones subjetivas degeneran. La Enciclopedia no podía pasarlo por alto. Partíamos de una concepción situacionista del mundo pero el genio de Jaime introducía algunos cambios determinantes: la crítica de la idea de progreso como herencia burguesa, la desconfianza ante la ciencia y la técnica en tanto que herramientas de la dominación y vehículo de una superstición progresista, la producción moderna como producción de nocividad y la lucha contra ésta como terreno fundamental de la nueva conciencia histórica. Con ello se sentaban las bases de la crítica anti-industrial (en la península la llamaríamos antidesarrollista), la forma más actual de la crítica revolucionaria. En particular, la crítica razonada del papel de la tecnología en la alienación y esclavitud modernas se inspiraría en la extensa obra de Lewis Mumford (El Mito de la máquina) y Jacques Ellul (El Sistema Técnico). Luego se añadirían la crítica de la “razón instrumental” de Adorno y Horkheimer y la imprescindible denuncia de Gunther Anders de la “obsolescencia” del género humano provocada por el desfase entre los “adelantos” técnicos y la incapacidad social de asimilarlos.

Cazarabet: No debía recrearse ante las máquinas y sus maquinaciones. ¿Qué opinas?

Miguel Amorós: No se trata simplemente de máquinas. La ciencia y la tecnología modernas son ante todo ideologías, además de subsistemas de la dominación con carácter totalitario. Cuando éstos aparecen se desarrollan hasta determinar la marcha de la sociedad por completo, y por consiguiente, hasta colonizar la vida. Nadie puede sustraerse a su influjo, todo el mundo puede consumirlas y padecerlas, pero nadie puede permanecer al margen de ellas, a nadie se le permite desenchufarse. Bajo esa esclavitud la vida sufre tal grado de simplificación que ya no puede realmente llamarse así, vida. Los individuos, como prótesis de las máquinas, ya no viven, solamente funcionan. Dos ejemplos de ese aspecto negativo de la tecnociencia serían la alta velocidad y la ingeniería genética, que merecieron dos opúsculos colectivos titulados respectivamente Relación provisional de nuestros agravios contra el despotismo de la velocidad, de 1991, y Observaciones sobre la agricultura genéticamente modificada y la degradación de las especies, de 1999. Ambos despertaron la cólera del izquierdismo obrerista, furibundos partidarios del sistema tecnoindustrial al que desearían autogestionado por sus víctimas.

Cazarabet: Luego en 1997 editó este libro que ahora vuelve a editar Pepitas de Calabaza El abismo se repuebla. ¿Qué reflexión puedes hacer sobre las principales teclas del piano que nuestro Jaime Semprún toca con notas de tinta…?

Miguel Amorós: Las Ediciones de la Enciclopedia de la Nocividad (EdN) fue en principio una ampliación del proyecto crítico iniciado con la revista, pero el impasse del trabajo colectivo de la redacción convirtió la editorial en la heredera de la publicación inicial. Con las ediciones adquiere solidez la crítica anti-industrial y se supera la posición oscilante de la revista, puente entre la crítica situacionista y el anti productivismo. El Abismo se Repuebla constituye un hito en la pelea contra la falsa conciencia de la época. Jaime camina hacia una crítica sistemática del horror económico, ya esbozada en dos libros anteriores, dos partituras previas. Los Diálogos sobre la consumación de los tiempos modernos, suscritos por Jaime, es un “detournement” de Diálogos de exilados de Bertold Bretch y bajo esa apariencia reconstruye una conversación donde se pasa revista a los múltiples aspectos del derrumbe de la conciencia social, signo de la consumación de la modernidad burguesa: hoy en día tenemos todo el derecho a pensar, pero hemos perdido la facultad de hacerlo. En esas condiciones, el conocimiento inútil del desastre conduce a la resignación, por eso la mera constatación no basta y hay que atacar a los responsables del desaguisado. El problema de la debilidad de la conciencia en una época en que el cambio radical de las relaciones sociales es tan necesario se manifiesta particularmente en las protestas actuales de los asalariados, que cuando cesan no dejan rastro. Los rasgos principales de la decadencia de la clase obrera tradicional, incapaz de cuestionar el mundo de la mercancía, fueron expuestos en las Observaciones sobre la parálisis de diciembre, trabajo colectivo firmado por la Enciclopedia.

Cazarabet: Se preguntaba: ¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?, pero iba más allá ¿a qué hijos vamos a dejar el mundo?. ¿Qué quería decir realmente?

Miguel Amorós: Quien se hacía la pregunta no era Jaime, sino el ciudadano ecologista, aquel que no quiere ver que la barbarie surge como algo natural de la tecnificación total del vivir a la que se ha prestado con gusto. La deshumanización provocada por la invasión tecnológica tiene como resultado más inquietante la formación de unos niños consumidores, sin infancia verdadera, pero perfectamente adaptados a la simplificación de la vida llevada a cabo por las máquinas.

Cazarabet: ¿Hasta qué punto el libro es un punto de inflexión en el pensamiento crítico revolucionario?

Miguel Amorós: La reflexión contenida en El Abismo se Repuebla es descarnada como corresponde al momento más oscuro del pensamiento racional que es a su vez el más brillante de la sinrazón. El medio obrero ha sido destruido por la cultura de masas; la universalidad abstracta de la mercancía y el salto hacia adelante en la tecnología del control son ya hechos triviales. Jaime dijo lo que nadie quería oír, que la historia había sido abolida desde el poder, que no existían los medios donde recrear la conciencia revolucionaria, que la vanguardia de la modernidad, o mejor de la posmodernidad, era la vanguardia de la alienación, donde no sólo encontraríamos a los viejos izquierdistas reciclados en el ciudadanismo, sino a buena parte del arco extraparlamentario, libertario o no, que pugnaba por una versión extremista de los valores disolventes del orden renovado. Habló de las nuevas formas de barbarie derivadas de una vida consagrada al instante, del escaso porvenir de las nuevas generaciones brutalizadas por el espectáculo, del uso por parte de la dominación de la oposición terrorista y aun de la moderada, simples herramientas de su perpetuación, del papel de las nuevas clases medias en tanto que base social de la descomposición políticamente correcta y, en fin, habló del abismo, de los espacios abandonados por el sistema donde las masas desesperadas se revuelven contra todo y contra sí mismas. Jaime tuvo el valor de no prestarse a ilusión alguna y describir las auténticas condiciones presentes donde el replanteamiento verídico de la cuestión social no podía ser más arduo. Tras el Abismo se Repuebla el pensamiento crítico abandonaba la solidez de las viejas verdades obsoletas, sin empleo, y entraba en un terreno movedizo. No podía haber una revolución social sin un pensamiento revolucionario, pero el movimiento histórico en el que éste se inscribe difícilmente podría formarse.

Cazarabet: Como crítico de la sociedad industrial se hubiese llevado bien, muy bien con Ludd, ¿verdad?

Miguel Amorós: Decía que la industria llevaba más de dos siglos en guerra con la vida. Sin duda, con los destructores de máquinas se hubiera llevado tan bien como mal se llevaba con los destructores del lenguaje, los seudoludditas de la modernidad líquida. Desde luego, se hubiera llevado bien con García Calvo. Rescataba del “1984” de Orwell el término de “neolengua” para describir una recomposición ligüistica radical que rompía completamente con el pasado, reelaboración exigida por la sociedad industrial y su tecnología: “es la lengua natural de un mundo cada vez más artificial”, sentenciará Jaime en su libro de 2005 Defensa e ilustración de la neolengua francesa. Sin darnos cuenta, usamos un lenguaje tecnificado que inpide formular un razonamiento coherente incluso en el ámbito de la protesta “light”; piénsese en términos bárbaros como “interseccionalidad”, “transversalidad”, “empoderamiento”, “poliamor”, “rizoma”, “queer”, etc.

Volviendo a Ned Ludd, o más bien al Capitán Swing, Jaime llamó la atención sobre una revuelta que pasaba desapercibida precisamente por un potencial subversivo de nuevo cuño: la revuelta argelina de los “aarch”, viejos senados tribales transformados por las necesidades insurreccionales en asambleas populares. Tradición y novedad, juventud y experiencia, confluían en la rebelión de Kabilia, proporcionando un máximo de libertad para resistir al Estado gendarme con éxito inesperado. Los asambleistas eran verdaderos ludditas enfrentados a la burocracia estatal en defensa de sus condiciones de vida tradicionales que a la postre eran demasiado modernas para convivir con el poder. La Apología de la insurrección argelina, publicada en 2001, revela el lado menos intelectual de Jaime, su olfato insurreccional que ya manifestó en La Guerra Social en Portugal y en el Manuscrito encontrado en Vitoria.

Cazarabet: ¿Cómo concluye su pensamiento? ¿O cuál puede ser su mensaje?

Miguel Amorós: Jaime murió repentinamente en agosto de 2010, con las botas puestas. Por lo tanto, su pensamiento quedó abierto. Su último libro, impreso en 2008, Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible, escrito mano a mano con René Riesel, continúa la labor de demolición de los anteriores y tiene el cuidado de citarlos. No cierra ningún ciclo ni pone punto final a ningún debate, por lo que no puede considerarse un testamento. Sencillamente es una ratificación de los análisis precedentes en circunstancias agravadas: el capitalismo neoliberal podía calificarse ahora de capitalismo del desastre. El libro lleva como apéndice el texto de Los fantasmas de la teoría, una perla crítica suplementaria acerca del objetivismo mágico que resuelve desde el escritorio todas las cuestiones prácticas. No hay una esfera teórica a salvo de las contradicciones; ninguna certidumbre ideológica escapa a la piqueta y el Catastrofismo es prueba de ello. Sin un sujeto revolucionario que enderece la situación y desmantele la sociedad industrial de masas, el porvenir oficial que está reservado a la humanidad es la extinción. La catástrofe verdadera no es aquella que nos señalan los dirigentes, es la ceguera persistente de la mayoría oprimida, carente de la voluntad de actuar sobre las causas de la opresión, deseando en el fondo lo mismo que ofrecen los dueños del mundo. Forzoso es constatar que el deterioro de la vida no impulsa las masas a la rebelión sino a una adaptación sumisa. El conformismo más absoluto reina sin oposición efectiva. Los antagonismos se disuelven con pasmosa facilidad entre los ciudadanos reeducados en el consumismo verde y en el voto por la red. La gestión del desastre fundamenta la política de todos Estados, a su manera, ecologistas. El catastrofismo de la propaganda oficial  justifica la sumisión forzosa a las directivas de la dominación ahora “sostenible”. Citando a un antiguo miembro de “Socialisme ou barbarie” fallecido en 1979, Pierre Souyri:

“el capitalismo entra en una fase donde se verá obligado a poner a punto un conjunto de tecnicas nuevas de la producción de energía, de la extracción de minerales, del reciclado de residuos, etc., transformando en mercancías una parte de los elementos naturales necesarios para la vida.”

Es la fase de la sostenibilidad, es decir, de la regulación autoritaria de la economía mundial en función de las urgencias ecológicas. El análisis nos suena familiar pues leímos algo similar en la Nuclearización del Mundo. Las guerras del petróleo, los minerales o el agua, junto con las demás operaciones geopolíticas mediante las cuales se delimitan las zonas de influencia, son la consecuencia de la reconversión burocrático-ecológica del mundo capitalista. Aquellos que tratan de oponerse al sistema desde dentro, tan mal tratados en el libro, acusarán a Jaime a René de pesimistas, incluso de derrotistas. Nada menos cierto. Los refractarios existen, la imaginación crítica reposa en aquellos que no han arrojado la toalla, que no han perdido el gusto de la libertad y luchan por vivir sin constricciones:

“en un presente aplastado por la probabilidad de lo peor, las posibilidades siguen igual de abiertas.”

Ese podría ser su mensaje.

 

Cazarabet

 

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