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Otto Ullrich, Tecnología, 1992

Diccionario del desarrollo,
Una guía del conocimiento como poder

 

La famosa declaración de Harry S. Truman del 20 de enero de 1949 puede ser considerada la proclamación oficial del fin de la era colonial. Anunció un plan para el crecimiento económico y la prosperidad del mundo entero, incluyendo explícitamente a las “áreas subdesarrolladas”.

“Debemos embarcarnos en un audaz programa nuevo para poner a disposición los beneficios de nuestros avances científicos y progreso industrial para la mejora y crecimiento de las áreas subdesarrolladas… El viejo imperialismo -la explotación para el beneficio foráneo- no tiene lugar en nuestros planes… Una producción incrementada es la clave para la prosperidad y la paz. Y la llave a la mayor producción es una aplicación mas amplia y mas vigorosa del conocimiento científico y técnico moderno.” [1]

La mayor prosperidad demanda una producción incrementada y más producción requiere tecnología científica – este mensaje ha sido proclamado desde entonces en incontables declaraciones por las élites políticas tanto de Occidente como de Oriente. John F. Kennedy, por ejemplo, enfáticamente retó al Congreso el 14 de marzo de 1961 a ser consciente de su tarea histórica y autorizar los medios financieros necesarios para la Alianza para el Progreso:

“Por toda América Latina millones de personas luchan por liberarse de las ataduras de la pobreza, del hambre y de la ignorancia. En el Norte y en el Este ellos ven la abundancia que la ciencia moderna puede traer. Saben que las herramientas del progreso están a su alcance.” [2]

Con la era del desarrollo, la ciencia y la tecnología asumieron plenamente el papel conductor. Se les consideró como la razón de la superioridad del Norte y la garantía de la promesa del desarrollo. Como la “clave de la prosperidad” ellas iban a abrir el reino del excedente material y, como las “herramientas del progreso” iban a conducir a los países del mundo a las soleadas altiplanicies del futuro. No es sorprendente que por décadas numerosas conferencias en todo el mundo y particularmente en las Naciones Unidas, se enfocaran, en un espíritu de esperanza casi religiosa, en las “poderosas fuerzas de la ciencia y la tecnología”.

Ese mensaje de asistencia mundial pareció finalmente dejar atrás los rastros sangrientos del colonialismo. ¿No se habían transformado los anteriores conquistadores en ayudantes generosos deseosos de compartir con los pobres los instrumentos de su riqueza? Parecía que habían pasado los tiempos en que los hombres blancos marchaban para forzar a los paganos al camino de la salvación cristiana, a los salvajes a la civilización y a los nativos a la disciplina del trabajo. No más subordinación. En vez de eso a “socios en el progreso” trabajando juntos bajo la bandera del desarrollo para aprovechar el progreso científico y tecnológico para el ascenso global a la prosperidad.

Y estas esperanzas por las futuras bendiciones del progreso eran compartidas por casi todos aquellos en el así llamado Tercer Mundo en posición de expresarse. A pesar de las ocasionales voces críticas, entre ellos Mahatma Gandhi como una de las mas influyentes, la fe en una prosperidad creada por el progreso científico y tecnológico se extendió como una nueva religión universal por todo el globo. A pesar de ocasionales tropezones e inseguridades, la religión del progreso se ha instalado tan firmemente en las mentes de la mayoría de la gente que, aun hoy, una crítica de ella es más probable que se considere como una herejía incorregible que como una voz de alerta de un camino falso.

Pero ahora han surgido muchas preguntas fundamentales. La nueva orientación, en la cual a las “otras” culturas del mundo se las declaró “países en desarrollo” y se les dio asistencia para promover sus fuerzas de producción, ¿realmente introdujo el fin del colonialismo? O, ¿debe nuestra era presente ser reconocida como una nueva fase, menos reconocible inmediatamente y por eso más efectiva, del imperialismo occidental? Si ése es el caso, entonces, cómo es que los “países en desarrollo” aceptaron tan prontamente el mensaje imperial de las bendiciones de la ciencia y la tecnología? ¿Y están encontrando que se cumplen en efecto las promesas de prosperidad material a través de la importación de tecnologías modernas? ¿O están simplemente llevando a sus países la destrucción de la cultura, la destrucción de la naturaleza y una forma modernizada de pobreza? ¿Es el supuesto fundamental en relación a los mismos países industriales igualmente valido, que el excedente material en las metrópolis Occidentales fue creado por tecnología científica moderna? ¿O fue alimentado enteramente de otras fuentes? Porque si la creencia en los efectos redentores del progreso tecnológico ya se esta convirtiendo en un mito en los países industriales, difícilmente puede ser adecuado como base de un “concepto del desarrollo” en otras culturas.

Antes de empezar a hablar acerca de los efectos de la tecnología occidental en el Tercer Mundo, se debería tratar por eso de obtener la estimación más realista posible de los logros de la moderna tecnología científica en los mismos países industriales.

¿Cumpliendo lo Prometido?

Poco después de la Primera Guerra Mundial, el matemático y filósofo, Bertrand Russell, intentó en su libro, Las Perspectivas de la Civilización Industrial determinar la posición de la cultura industrial. En el centro de sus consideraciones estaban los efectos de la ciencia y la tecnología. Llegó a la conclusión siguiente: la aplicación de la ciencia ha sido “en lo principal, inmensamente dañina” [3], y cesaría sólo de ser así “cuando los hombres tengan una perspectiva menos penosa de la vida”. Russell también afirmaba:

“La ciencia, hasta ahora, ha sido usada para tres propósitos: para aumentar la producción total de mercancías, para hacer mas destructivas a las guerras y para sustituir por diversiones triviales aquellas que tenían algún valor artístico o higiénico. El incremento en la producción total, aun cuando tenía importancia hace cien años, se ha hecho ahora mucho menos importante que el incremento del ocio y la sabia dirección de la producción.” [4]

Russell era un observador sagaz de sus tiempos y había viajado mucho y es razonable asumir que esta conclusión ya era válida en esa fecha, por lo menos en los ojos de un informado y razonable amigo de la humanidad. Así cuando uno lee estas líneas hoy, la conclusión inmediata puede ser sólo que las personas en los países industriales han perdido todo sentido de proporción. En retrospectiva, los efectos dañinos de la ciencia que Russell lamentaba -el incremento en la producción total de mercancías, el incremento en el potencial destructivo de la máquina de guerra y la mecanización y trivialización de las actividades culturales – ha tomado todos impulso en una forma explosiva desde la Segunda Guerra Mundial.

El logro más notable de la tecnología cientifizada ha sido indudable-mente el incremento del poder destructivo de la máquina de la guerra. Aquí los resultados son gigantescos. La vida sobre la Tierra puede extinguirse casi instantáneamente muchas veces y todavía los esfuerzos científicos continúan concentrándose en lo principal (en dinero y personal) en aumentar la productividad de la máquina de guerra para matar. Esto no es accidental, ni los científicos están forzados a hacer ese trabajo. Porque el perfeccionamiento de estos “objetos” despierta el mayor interés en el cerebro de un científico natural educado normalmente en virtud de una cierta lógica interna.

Un cohete que vuela “inexorablemente”, esto es, sin ninguna perturbación por el espacio, que puede guiarse con gran precisión a un blanco predeterminado para desatar fuerzas de proporciones cósmicas a su llegada – un poderoso sistema tecnológico así se encuentra a la cabeza de la lista de productos que poseen una correspondencia ideal con la lógica de las ciencias naturales experimentales, matemáticas. Es por esto que no es ningún accidente que casi todos los logros más actuales de la tecnología contemporánea estén concentradas, por ejemplo, en un misil de crucero – tecnología computarizada; radio, tecnología de radar y video; propulsión con cohete y tecnología nuclear; metalurgia; aerodinámica; logística y tecnología de la información; etc.

Muchos países en el Tercer Mundo se familiarizaron, sobre todo, con estas realizaciones de la tecnología occidental. Por conducto de las bases militares de los poderes más grandes, de sus propios régimenes militares o de la megalomanía de su gobierno, porciones substanciales de sus limitados recursos financieros fueron, y son, consumidos por la importación de tecnologías militares. Ademas, abundantes instrumentos de guerra llegan a través de la “ayuda de desarrollo militar”. Sospecho, y esto debe ser investigado más a fondo algún día, que hasta ahora la parte más grande de la asistencia tecnológica occidental ha incluido estas armas destructivas. El efecto de toda esta tecnología altamente moderna en estas tierras puede describirse sin ambigüedad -aumenta el hambre y la miseria, impide el desarrollo independiente y afianza a los régimenes corruptos contra las revoluciones populares.

Camino Secreto al Paraíso

Las fuerzas de la producción – basadas en la ciencia y la tecnología modernas – que son requeridas para la producción de crecientes montanas de “bienes esenciales” han asumido proporciones gigantescas en los países industriales en los años 1970 desde el análisis de Russell. Casi todas las energías de los pueblos industriales se enfocan cada vez mas intensivamente en la producción, mercadeo, uso y disposición de “bienes esenciales” de todo tipo. La sociedad industrial en consecuencia actúa de acuerdo con su mito central respecto al significado de la vida. Porque la sociedad europea moderna ha estado obsesionada por una idea sobre todo – suponía que a través de la producción de bienes materiales, se habían creado las condiciones necesarias para la buena vida; suponía que mediante el trabajo, la ciencia y la tecnología, se había forjado el “camino secreto al Paraíso”, como Francis Bacon, uno de los fundadores teóricos de la modernidad, lo expresó hace unos 300 años.

El mito central de la modernidad europea es también un plan para la salvación a ser aplicado mundialmente. Su punto de arranque es el supuesto que la diligencia incesante, el progreso constante en la producción de bienes materiales, la ininterrumpida conquista de la naturaleza, la reestructuración del mundo en procesos previsibles, tecnológica y organizacionalmente manipulables, producirá automática y simultáneamente las condiciones de la felicidad humana, la emancipación y la redención de todos los males.

Este supuesto “hechizó la autocomprensión de la modernidad” – en la brillante frase de Jurgen Habermas. Hoy es reconocible como “la gran ilusión de la época”. La tecnología científica era un sueno de felicidad sin sacrificio. La tecnología colma este sueno “reprimiendo el sacrificio y haciendo hueca la felicidad” (Gunther Ortmann). A través de la evolución de las fuerzas científicas de la producción había de sobrevenir un desarrollo superior de la humanidad. Los países industriales establecidos aplicaron primero esta idea de desarrollo a si mismos. Se puede por eso hablar con justicia de una colonización interna de la cultura europea mediante el industrialismo.

La opinión entre los observadores más críticos y los mas visionarios de nuestro tiempo es que los pueblos en el Occidente, también deben liberarse de esta colonización interna. Porque la hipótesis central del industrialismo que el desarrollo incesante de las fuerzas de la producción crearan las condiciones para la buena vida ha probado ser falsa. El intento de satisfacer el espectro completo de las necesidades humanas a través de la producción y el consumo de bienes ha fracasado. Esas dimensiones de la vida que son importantes para la gente – ya sea de Occidente u Oriente, Norte o Sur – tales como los vínculos de afecto con otras personas y un sentimiento de estima en la sociedad, no puede reemplazarse efectivamente por el consumo material. Especialmente los niños y las personas ancianas, los enfermos y los impedidos, obtienen una sensación de la frialdad social resultante de la “ocupacidad” de la sociedad industrial.

Lo que es más, la ilimitada dinámica de la producción en el industrialismo es estructurada de modo tal que las necesidades materiales se crean mas rápidamente que las condiciones para su satisfacción. De allí surge, por tanto, el fenómeno de personas permanentemente frustradas atrapadas en una espiral interminable de necesidades. Ya que las condiciones de existencia en el sistema industrial se han reducido a la persistente y abrumadora compulsión a tener que vender la propia fuerza de trabajo en competencia con otros vendedores, surge una carrera frenética de todos contra todos.

Conjuntamente con la interminable espiral de necesidades, el homo industriae se ha hecho sujeto también de una acelerada presión del tiempo, que deja poco espacio para que sus sentimientos, alma y pensamientos se pongan a la par de los atareados quehaceres del mundo del trabajo.

Finalmente, este fútil intento de crear las condiciones para la buena vida principalmente mediante el desarrollo de las fuerzas de producción tiene que tomar lugar sobre la base de un flujo de materiales, energía e información mayor, siempre creciente, que esta saqueando y destruyendo el planeta. Por estas y aun otras razones, ha empezado una búsqueda en los países industriales de una nueva orientación hacia la buena vida, que va más allá del produccionismo y del consumismo.

Hasta aquí unas pocas frases impactantes en la crítica del mito industrial de la producción, que no pueden desarrollarse mas aquí, pero sin las cuales no puede tenerse una comprensión de la tecnología moderna. Quiero ahora ilustrar, con un poco mas de detalle, algunas características de la tecnología industrial y, en primer lugar, dedicarme a la cuestión de su supuesta alta productividad, mucho tiempo admirada y, en realidad, una de las razones de su gran atractivo en el Tercer Mundo.

Riqueza Mediante la Transferencia de los Costos

Marx y Engels, quienes fueron igualmente “hechizados” por la idea de la redención mediante el desarrollo de las fuerzas de la producción, casi se desmayaron de admiración a lo que era, en realidad, su enemigo de clase en el Manifiesto Comunista:

“La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y mas grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las maquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra. ¿Cual de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?”

Para esta poderosa y violenta transformación de la sociedad y la naturaleza, tenía que explotarse una fuente de energía la cual, hasta entonces, había sido poco usada porque humeaba y apestaba – el carbón. El capitalismo industrial pudo haber empezado sobre la base de la madera como su fuente de energía, pero sin la posibilidad de usar una fuente mas altamente concentrada y abundantemente disponible como el carbón, el alud productivo tan admirado por Marx y Engels no se habría puesto en marcha. Sin fuentes de combustible fósil, la sociedad europea habría permanecido siendo “de madera” a pesar de todos sus mitos de producción. O, por lo menos, su manía de producción no habría sido capaz de hacerse tan violenta e imperial. La dinámica de expansión del capitalismo industrial se habría tropezado contra una barrera natural.

Pero los combustibles fósiles estaban disponibles y, combinados con el mito de la producción, empezó un “modo económico” que sería característico del sistema industrial desde entonces. La economía no era ya propulsada por recursos renovables y por el suministro constante de energía del sol, sino que llegó a basarse en cambio en el consumo de las reservas de energía acumuladas en la tierra, que no habían sido creadas por aquellos que ahora las usaban, mientras estos mismos usuarios ignoraban las consecuencias. Ya a principios del siglo diecinueve, se había quemado tanto carbón en Inglaterra que la superficie entera de Inglaterra y Gales habría tenido que ser reforestada si el consumo de energía se hubiera tenido que conseguir de madera renovable.

Actualmente se quema tanto combustible fósil cada año como el que se ha acumulado en períodos de casi un millón de años. La parte del león, aproximadamente 80 por ciento, se usa en los paises industriales, donde sólo vive cerca del 25 por ciento de la población del mundo. Este apetito voraz por recursos se muestra todavía mas claramente en el ejemplo de los Estados Unidos: menos del ó por ciento de la población mundial consume allí alrededor del 40 por ciento de los recursos naturales del mundo. Si se fuera a extender este modo industrial de producción y estilo de vida a todos los pueblos de la tierra, se requerirían cinco o seis planetas mas como la tierra para saquear sus recursos y colocar allí los desperdicios. El historiador, Rolf Peter Sieferle, escribe sobre esta cuestión:

“Yuxtapuestos a los 10,000 años de duración del sistema agrario, el sistema industrial aparece como un breve, un único paroxismo de intoxicación en el cual los recursos reunidos por muchos millones de años se usan en doscientos años. Esto se aplica anuentes de energía fósil, pero también a las concentraciones de minerales que se explotan y agotan con la ayuda del anterior. Hay muchas cosas que hacen pensar que este paroxismo será seguida por una mala resaca.” [5]

El consumo de las reservas de energía fósil amenaza la vida en la tierra de varias maneras. Los contaminantes del aire liberados dañan a las plantas y destruyen el equilibrio de la atmósfera que protege a la tierra. La “visión de la vida centrada en la energía” (Bertrand Russell) puede declarar que todo es materia prima y transformarla en “bienes esenciales” sólo con la ayuda de combustible fósil. En el proceso los recursos de la tierra son transformados a un ritmo siempre creciente en residuos usualmente venenosos. La manía de producción de la industria petroquímica, en particular, que entrega todos los productos de plástico del mundo de los cuales no podemos prescindir, produce cantidades gigantescas de contaminación no biodegradable en forma de compuestos sintéticos hidrocarbonados que representa una amenaza permanente a la vida sobre la tierra entera. Ya es posible determinar de la carne de un pingüino del Polo Sur qué substancias están siendo usadas en la mitad septentrional del globo para crear el crecimiento económico.

Este es el telón de fondo aun no adecuadamente reconocido a la muy alabada eficiencia del sistema industrial y la supuesta alta productividad de la tecnología industrial. Estos ocurren sólo a través del saqueo de las realizaciones preexistentes de la naturaleza por los cuales no se obligan a ningún crédito (la internalización de los así llamados bienes libres de la tierra) y mediante el traslado masivo de costos a la naturaleza, al Tercer Mundo y a las generaciones futuras (la externalización de los costos en la forma de contaminantes, problemas de desechos y así sucesivamente). El supuestamente altamente productivo sistema industrial es, en realidad, un parásito en la tierra, cuyos semejantes nunca antes se habían visto en la historia de la humanidad. Tiene la extremada productividad de un ladrón de banco quien recurre a ataques rápidos, violentos, en su intento de crear una vida de prosperidad a costa de otros.

Este estado de acciones y sus implicancias, están aun siendo reprimidos de la conciencia por la mayoría de la gente en las sociedades industriales. Puede caracterizarse como la mentira esencial del sistema industrial, la pretensión que la prosperidad material ganada a través del saqueo y el traslado de los costos fue “creada” por la producción industrial, por la ciencia y la tecnología, por las herramientas de la prosperidad mismas. Sobre la base de esta mentira, surge la creencia adicional que los problemas de la cada vez más evidente destrucción de la naturaleza puede eliminarse sin un sacrificio de la prosperidad solo por medios tecnológicos y que la exportación de estas tecnologías “productivas” permitirá también al Tercer Mundo tener una parte en la muy demorada promesa de su prosperidad material.

Técnicas de Saqueo

Pero si se echa una mirada a una por una de las tecnologías y a los “bienes esenciales” tecnológicamente creados que aparecen tan seductores, llega a hacerse claro que en forma abrumadora ellos toman la forma de técnicas que saquean los recursos de la tierra y externalizan sus costos. Esto es cierto de las plantas de energía alimentadas por combustible fósil y las plantas de energía nuclear, de los aeroplanos y automóviles, las maquinas de lavar y lavadoras de platos, las fabricas para la producción de plásticos y los incontables productos plásticos, la agricultura industrializada y quimicalizada, la industria para el “mejoramiento” de comestibles, la industria del empacamiento, los edificios hechos de concreto, acero y químicos, la producción de papel, etc., etc. Ninguna de estas brillantes realizaciones de la tecnología industrial funciona sin el consumo masivo de recursos naturales “libres” y sin la expulsión de desechos, venenos, ruido y hedor.

Se requiere una larga búsqueda para encontrar en alguna parte de esta gigantesca montana de procesos y productos industriales, ejemplos que no sean parte del sistema de técnicas externalizantes de saqueo y que podría recomendarse sin reservas al Tercer Mundo. Es por esta razón que ha habido no sólo un debate sobre tecnologías apropiadas para el Tercer Mundo, sino que por años ahora, también una discusión de «otras» tecnologías para los países industriales mismos. El debate crítico de la tecnología en los países industriales ha llevado a la conclusión que el único futuro para una serie de triunfos alguna vez celebrados del progreso cientifico-tecnológico reside en la renuncia. La necesidad de renunciar al uso de la energía atómica, a la industria del cloro, a la mayoría de los aspectos de la química sintética, a la dependencia del automóvil y a la agricultura industrializada y quimicalizada se ha hecho evidente para las personas ecológicamente conscientes.

La mayoría de los productos industriales tecnológicos no son generalizables. Como deseados artículos de lujo para pocos, ellos pierden su valor de uso a la hora de su distribución masiva y sus meros números usualmente los hace al mismo tiempo responsables de los problemas ambientales. Por ejemplo, cuando hay sólo unos pocos carros en la calle, pueden ser vehículos confortables (y de prestigio) para sus conductores. Pero ya en los países industriales el automóvil no es generalizable. Aunque sólo una fracción de las personas en las ciudades lo usan como su medio diario de transporte, muchas ciudades se sofocan ya en gases venenosos, ruido y hedor. Si, para tomar un ejemplo, la proporción de automotores en China fuera igual al de los países industriales, en un corto tiempo los suministros de combustible se agotarían y se arruinaría la atmósfera de la tierra.

Algo similar se aplica a casi todas las otras técnicas industriales que producen prosperidad y comodidad. Las comodidades “al toque” a las que la gente de Occidente se ha acostumbrado y las indiscutidas expectativas del consumidor como el agua caliente al alcance de la mano, los cuartos permanentemente cálidos o refrigerados, el transporte motorizado, los comestibles provenientes de todo el mundo envueltos en plástico y congelados y siempre disponibles, las montanas de bienes que hacen sentir a la gente que no puede prescindir de ellos y que el acelerado ritmo de la moda torna cada vez mas rápidamente en montañas de basura – toda esta forma de vida americana, como se le llama a menudo, esta compuesta de incontables pequeños saqueos de la naturaleza y costos transferidos. Es precisamente esto lo que hace envidiable la prosperidad de las potencias industriales y es precisamente esta prosperidad la que no es globalmente generalizable. Esto puede tenerse sólo por unas pocas generaciones en unos pocos países antes de que la Tierra haya sido saqueada a muerte y hecha para siempre inhabitable.

El mensaje de Truman, Kennedy y muchos otros a los “pueblos del mundo”, que ellos pudieron lograr la prosperidad material de Occidente asumiendo la tecnología occidental cientifizada, por tanto, resulta ser empíricamente insostenible. Las tecnologías industriales disponibles por el Occidente están casi todas diseñadas para el saqueo y la transferencia de los costos. Aun en el mejor de los escenarios, estas tecnologías podrían permitir sólo a los primeros “países en desarrollo”, aquellos que sean capaces de desarrollar mas rápidamente y de adelantar a los otros, lograr prosperidad en términos occidentales. Para los pueblos de toda la Tierra, esto es imposible.

La ilusión de que la prosperidad Occidental fue creada por la ciencia y la tecnología – una ilusión promovida con tremenda ingenuidad por Truman y Kennedy, pero que ya no es seriamente sostenible – ha sido recientemente resucitada de nuevo por unas pocas personas con fe excepcional en las generaciones nuevas de tecnología, supuestamente capaces de “manejar” los problemas ambientales resultantes. Aunque las agresiones masivas sobre la naturaleza por las tecnologías existentes han tenido que admitirse, estos optimistas o charlatanes profesan ahora la creencia que se puede encontrar soluciones sin sacrificio de la prosperidad, como resultado de una “modernización ecológica” de la industria.

Se supone que nuevas tecnologías, aun por crearse, han de hacer posible una prolongación de precisamente la misma prosperidad facilitada por las antiguas tecnologías, pero ahora en forma “ecológicamente tolerable”. Mediante los poderes milagrosos pero no especificados de la tecnología – una nueva fórmula ingeniosa, un principio nuevo, un “adelanto” tecnológico – todas las cosas que fueron previamente posibles sólo por vía del saqueo y de la transferencia de costos ahora se supone que son conjuradas tan eficientemente, tan económicamente y, sobre todo, tan abundantemente como antes.

Sólo el debate de la energía muestra la medida en la que todo esto es ilusión. Los albores de la energía solar que, a causa de los materiales usados, está todavía muy lejos de ser verdaderamente generalizable y tolerable a la naturaleza, están siendo postergados desdeñosamente por los patrones de la energía al dominio de los meros ‘añadidos’, meramente tecnologías que producen energía complementaria, porque la energía solar no puede competir con sus tecnologías grandiosas en términos de economía y cantidades producidas de energía. Tienen razón. Las cantidades de energía consumidas actualmente no van a tener un costo realista sobre una base solar. Y en la medida que no existe ninguna institución que pueda presentar a los usuarios la factura por la transferencia de costos que causan sus actividades, las tecnologías de energía solar no podrán competir con las tradicionales. Quien cree que la prosperidad material puede crearse de una manera tolerable a la naturaleza tan “eficientemente” y “a bajo precio” como ha sido posible mediante técnicas externalizantes de saqueo, es como quien espera que se invente una maquina de movimiento perpetuo factible.

La civilización científica de Occidente tiene en oferta escasamente algunas tecnologías verdaderamente adecuadas para el futuro – esto es, humanas y apropiadas a largo plazo a la naturaleza. Esta es la razón por la que las esperanzas de algunos en Occidente llegaron a enfocarse en una solución proveniente totalmente de otra dirección. Luego que se hizo claro en los 1970, con el colapso de la euforia inicial sobre la transferencia de tecnología, que la importación de tecnologías occidentales a los países del Tercer Mundo resultaron principalmente en monocultivos, barrios bajos de gran escala, devastación de la naturaleza, destrucción de culturas y ruina humana, hubo, especialmente en India, iniciativas que buscaban un desarrollo tecnológico independiente mas intensivamente. Robert Jungk tenía todavía esperanzas cuando escribió en 1973:

“Estamos aún en el comienzo del desarrollo de variaciones específicamente asiáticas, africanas y latinoamericanas en tecnología. Lo que ellos tienen en común, a pesar de las grandes distancias geográficas, es su deseo de concordar más íntimamente con la vida y la naturaleza. La causa de esto no es difícil de reconocer. Todos ellos surgieron en protesta contra la tecnología occidental mecánica, insensible, homogeneizante equipada predominantemente para la velocidad y el máximo producto. Es completamente concebible que, antes delfín del milenio, asesores del desarrollo amarillos, pardos y negros sean llamados a las cumbres de la industria en nuestra mitad del globo para mostrar a sus antiguos maestros cómo puede producirse para las necesidades vitales sin desperdicios y sin dañar a la población y al ambiente, sin prisa y sin alienación. » [6]

La Miopía Crea la Fascinación

Esta esperanza esta hallando actualmente pocos proponentes. La atracción del “alto rendimiento” de las técnicas occidentales se ha hecho una vez más demasiado abrumadora. El presente resurgimiento del atractivo de la tecnología occidental esta presumiblemente estrechamente asociado con sus dos rasgos principales: su capacidad para transferir costos y su característica de saqueo.

La capacidad de transferir costos hace posible que la tecnología moderna aparezca en una forma mistificada. Engaña a los sentidos respecto a sus capacidades de ejecución y seduce a la razón con un entendimiento basado en cálculos de corto plazo. Los costos son usualmente transferidos y esparcidos por tiempos y espacios muy considerables. El horizonte espacial y temporal de nuestra percepción es, sin embargo, significativamente más cercano. Lo que sabemos de los niveles medidos de contaminación y de costos en el futuro o en áreas distantes nos es abstracto y demasiado lejano de realidades actualmente percibidas. No toca ninguno, o toca a muy pocos, de los sentimientos y pensamientos que determinan el comportamiento aquí y ahora. ¿Quién puede imaginar en forma concreta una vida media radioactiva de 300,000 años? ¿Cuanto cuenta el conocimiento de un agujero en la capa de ozono contra la ventaja de la utilidad, impresa en nuestros sentidos ahora mismo, de bebidas frescas disponibles al instante de las refrigeradoras o el transporte cómodo ofrecido por un automóvil privado de alto rendimiento? La separación temporal, espacial y personal de utilidades y costos – la separación de un acto cometido ahora del sufrimiento que resulta de él o la no intersección entre las ventajas que son consumibles privadamente y las desventajas que tienen que soportarse colectivamente – es una característica sumamente seductora de las tecnologías cientifizada modernas.

Cuando, además, esta característica individualmente atractiva de las tecnologías occidentales se acopla con la actitud moderna de “consume y disfruta ahora, paga más tarde”, y cuando “tarde” quiere decir “generaciones más tarde”, entonces cualquier tecnología alternativa, no mistificante, que hace todos sus costos y desventajas inmediatamente palpables al usuario, parece muy poco atractiva, hasta “primitiva”. En la medida que no hay ningún procedimiento por medio del cual los costos transferidos derivados del uso de una tecnología o producto se carguen al presente, entonces cualquier tecnología alternativa que sea humana y apropiada a la naturaleza no tendrá ninguna oportunidad contra el gran atractivo de las técnicas externalizantes.

Por razones similares, el aspecto de saqueo en las tecnologías occidentales contribuye a su considerable atractivo. Educados en las maneras occidentales de pensar e imbuidos del pensamiento de la “modernización” históricamente inevitable de su país, muchos en el Tercer Mundo no entienden por qué deberían abandonar las ventajas de saquear los recursos naturales a los países industriales. Quieren participar en la prosperidad instantánea y, por tanto, demandan plantas de energía nuclear y las “eficientes” tecnologías de explotación del petróleo. Y estiman la oferta de tecnología apropiada para el Tercer Mundo, una tecnología intermedia o amable, como un sofisticado intento de mantenerlos en la etapa de «subdesarrollo». Los socios en el progreso quieren convertirse en socios en el saqueo. En una conferencia internacional sobre la protección de la atmósfera de la Tierra, cuando planes para la producción a gran escala de CFC para refrigeradores chinos eran considerados problemáticos, los modernizadores chinos veían la cuestión en una forma completamente diferente. Para ellos fue evidente que los chinos deberían también beber su Coca Cola helada y que debería venir de refrigeradores producidos en forma costo-efectiva con tecnologia CFC. Aprés nous, le déluge es una frase que puede expresarse igualmente bien en los idiomas de China, India o Africa.

Si los países industriales no ponen inmediatamente en movimiento un impulso ejemplar intensificado al «desarme» industrial, tecnológico y económico, a una desaceleración de los procesos de producción material, a modelos alternativos y atractivos para una sociedad de bajo rendimiento, un impulso por cambios en el paradigma cultural de modo de reemplazar el mito de la producción de la modernidad, entonces la transformación de nuestro planeta azul en un paisaje lunar es segura.

Imperialismo Amable

Aparte de sus costos ambientales y físicos, los costos sociales y culturales de la introducción de tecnologías occidentales también quedaron en su mayor parte ocultos durante el entusiasmo tecnológico de los 1950 y 60. Hasta las tecnologías «limpias» fuerzan sus leyes sobre la sociedad de tal modo que la autodefinición y autonomía culturales no pueden mantenerse por mucho tiempo. Que la importación de tecnologías industriales occidentales combina un imperialismo cultural subrepticio con la destrucción de la cultura nativa está relacionada a una característica poco conocida de estas tecnologías. Esta característica es otra dimensión de su mistificación, con su separación de la forma del fenómeno y la realidad, de su impacto inmediato y los efectos posteriores. Las pretendidas herramientas del progreso no son herramientas en absoluto, sino sistemas técnicos que penetran en cada aspecto de la vida y no toleran alternativas.

En su aspecto exterior las maquinas y los productos industriales son objetos aislados que pueden ser empleados libremente y por doquiera como herramientas, según la decisión del usuario. Con ellos, sin embargo, típicamente viene una red infraestructural de condiciones técnicas, sociales y psicológicas, sin las cuales las maquinas y productos no trabajan. Para usar verdaderamente un automóvil se necesita una infraestructura tecnológica compuesta de redes de calles con estaciones de gasolina, refinerías, pozos de petróleo, talleres, seguros, servicios de policía y ambulancia, abogados, fábricas de automóviles, almacenes de repuestos y mucho más. Y, por el lado psicosocial, se necesita personas que conformaran a todas las instalaciones y medios e instituciones y que pueden funcionar en ellas. Y así uno necesita lecciones de manejo, entrenamiento para que los niños crucen las calles, concienzudos propietarios de estaciones de gasolina y talleres de reparación, y en general, el experto y diligente trabajador industrial quien a su vez implica educación, disciplina y todavía más educación. Cada producto industrial como éste trae consigo sus requerimientos correspondientes y sólo puede funcionar con su infraestructura asociada y la preparación psicosocial de la gente.

La introducción del trabajo fabril y la industrialización en Europa significó una similar “gran transformación” de la sociedad entera, la cultura y la constitución psicológica de las personas. La industrialización hizo su camino al escenario histórico H66 con mucha violencia, degradación, miseria y humillación. La expansión de la tecnología cientifizada fue, como afirmó Bertrand Russell, “ilimitadamente perjudicial” a la cultura europea porque la actividad cultural fue mecanizada y trivializada. No obstante, no debe olvidarse que la industrialización surgió en y a través de la cultura europea y no es por tanto esencialmente extraña a ella.

Para las culturas de otros países, la preparación psicosocial de las personas y la transformación cultural requeridas parecen mucho mas traumáticas porque los confronta con una cultura esencialmente extraña. Mediante la “ayuda para el desarrollo” tecnológico, mas eufemísticamente denominada asistencia técnica, de los países industrializados, reciben “maquinas troyanas” (para usar la frase de Robert Jungk) que conquistan su cultura y sociedad desde dentro. Son obligados a absorber gradualmente una extraña ética del trabajo industrial, a subordinarse completamente a ritmos de tiempo desacostumbrados, a valorar más las relaciones objetivas que las relaciones humanas, a vivencia una presión creciente y estimarla normal y a aceptar trabajos sin considerar motivación ni significado. El trabajo asalariado y el fetichismo de la mercancía se extienden y definen la lucha competitiva de todos contra todos como la síntesis social. Se hace evidente que todo el mundo tiene que ser un engranaje mecánico en un gran aparato de producción dominado por el mercado mundial. Como Johan Galtung describió el proceso:

“El cuadro total… es de la transferencia de tecnología como una invasión estructural y cultural, una invasión posiblemente mas insidiosa que el colonialismo y el neo-colonialismo, porque esa invasión no esta acompañada siempre por una presencia física occidental.” [7]

La era del imperialismo occidental no ha terminado por lo tanto ni por casualidad, particularmente en la medida que exista, principalmente por parte de los Estados Unidos, un imperialismo tecnológico directo y abierto contra los países del Tercer Mundo. Los ejemplos abundan. Incluyen el poderoso arsenal de superioridad electrónica en la forma de satélites de comunicación para la “percepción remota” de las condiciones locales de clima y de cosecha en los países del Tercer Mundo (para los propósitos de verificar adelantando a estos mismos países el valor de mercado de sus próximas cosechas); los bancos de datos computadorizados para el monopolio de la información técnica; las corporaciones de medios de comunicación para la propaganda cultural directa que inunda todas las emisiones locales; y así sucesivamente.

“En verdad la amenaza a la independencia de la nueva electrónica puede ser mayor a finales del siglo 20 de lo que fue aun el colonialismo.” [8]

Otto Ullrich es un ingeniero y sociólogo. Su trabajo se centra en la
contraproductividad de la tecnología moderna y en los criterios de diseño para
tecnologías democráticas y amables al entorno. Ha publicado extensivamente
sobre la historia y la filosofía de la tecnología y ha animado el debate público
sobre la energía, el transporte y la inteligencia artificial en Alemania. En
representación del Partido Verde, ha servido como miembro de la comisión de
estudio sobre la evaluación de tecnologías del Parlamento Alemán. Vive en
Berlín.

 

Bibliografía

Las figuras sobresalientes en el pensamiento sobre la tecnología moderna son L. Mumford, The Myth of the Machine (El Mito de la Máquina), 2 vols., Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1964 y J. Ellul, The Technological Society (La Sociedad Tecnológica), Nueva York: Knopf, 1964. Para explorar la condición humana en la era de la tecnología, hallé muy esclarecedor en su estilo aforístico a G. Anders, Die Antiquierheit des Mensches (La Antigüedad de la Humanidad), 2 vols., Munchen: Beck,1980. L. Winner contribuyó un estudio exhaustivo de la experiencia moderna de la “tecnología fuera de control”, Autonomous Technology (Tecnología Autónoma), Cambridge: MIT Press, 1977, así como una colección de excelentes ensayos, The Whale and the Reactor: A Search for the Limits in the Age of High Technology (La Ballena y el Reactor: Una Búsqueda de los Limites en la Era de la Alta Tecnología), Chicago: University of Chicago Press, 1985.

I. Illich, Tools for Conviviality (Instrumentos para la Convivialidad), Londres: Boyars, 1973, llamó la atención a la contraproductividad especifica de los instrumentos modernos, una linea de argumentación que ha sido extendida por A. Gorz, Ecology as Politics (La Ecología como Política), Londres: Pluto. 1983. En lineas similares, he criticado la creencia socialista en las fuerzas productivas, Weltniveau: In der Sackgasse des Industriesystems (Nivel Mundial: En el Callejón sin Salida del Sistema Industrial), Berlin, Rotbuch,1980, luego de haber tratado de elucidar la relación entre dominación y tecnología en Technik und Herrschaft (Técnica y Dominación), Frankfurt: Suhrkamp, 1977. Un hito de la reflexión ética sobre la naturaleza rapaz de la tecnología es H. Jonas, Imperative of Responsibility: In Search of an Ethic for the Technological Age (El Imperativo de la Responsabilidad: En Busca de una Ética para la Era Tecnológica), Chicago: University of Chicago Press,1984.

Cómo las normas de desempeñó técnico han gobernado las percepciones europeas de pueblos no occidentales es ilustrado abundantemente por M. Adas, Machines as the Measure of Man (Las Maquinas como Medida del Hombre), Ithaca, Cornell University Press, 1989. L. Kohr, The Overdeveloped Nations (Las Naciones Sobredesarrolladas), Nueva York: Simon and Schuster, 1978, y F. Schumacher, Small is Beautiful (Lo Pequeño es Hermoso), Londres: Blond & Briggs,1973, han tratado de hacer del “subdesempeño” una virtud. Ellos han sido los pioneros en la discusión de las “tecnologías apropiadas”, sobre las que J. Galtung, «Towards a New International Technological Order» (Hacia un Nuevo Orden Tecnológico Internacional), Alternatives, Vol. 4, Enero 1979, p. 288, contribuyó una perspectiva sistemática; F. Stewart, Technology and Underdevelopment (Tecnología y Subdesarrollo), Londres: Macmillan, 1978, un análisis penetrante; N. Jequier (ed.), Appropriate Technologies: Problems and Promises (Tecnologías Apropiadas: Problemas y Promesas), Paris: OECD, 1976, un inventario; y J. Muller, Liquidation or Consolidation of Indigenous Technology: A Study of the Changing Conditions of Production of Village Blacksmiths in Tanzania (¿Liquidación o Consolidación de Tecnología Indígena: Un Estudio de las Cambiantes Condiciones de Producción de Herreros Aldeanos en Tanzania?), Aalborg: Aalborg University Press, 1980, un revelador estudio de caso.

Cómo tecnologías particulares han moldeado mentes y estilos de vida se puede estudiar en W. Schivelbusch, The Railroad Journey (La Jornada del Ferrocarril), Oxford: Blackwell, 1980; S. Strasser, Never Done: A History of American Housework (Nunca Acabado: Una Historia del Trabajo Doméstico en Norteamérica), Nueva York: Random House, 1982; W. Sachs, For Love of the Automobile: Looking Back into the History of Our Desires (Por Amor al Automóvil: Una Retrospectiva en la Historia de Nuestros Deseos), Berkeley: University of California Press, 1992. Como, a su vez, las tecnologías mismas son productos del poder y del interés, puede leerse en W. Bijker et al., The Social Construction of Technological Systems (La Construcción Social de Sistemas Tecnológicos), Cambridge: Cambridge University Press, 1987. Un clásico sigue siendo S. Giedion, Mechanization Takes Command (La Mecanización Asume el Mando), Nueva York: Norton, 1969, mientras que R. Romanyshin, Technology as Symptom and Dream (La Tecnología como Síntoma y Sueno), Londres: Routledge, 1989, recuenta en forma fascinante el sueno cultural en la raíz del ascenso de la tecnología.

 

W. Sachs (editor), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, Pratec, Perú, 1996.

 


[1] H. Truman, Discurso de Investidura, Washington DC, 20 Enero 1949.

[2] J. F. Kennedy, Mensaje Especial al Congreso, Washington DC, 14 Marzo 1961.

[3] B. Russell, The Prospects of Industrial Civilization (Las Perspectivas de la Civilización Industrial), Nueva York: The Century Company, 1928, p. 186.

[4] Ibidem, p. 187.

[5] R. P. Sieferle, Der unterirdische Wald: Energiekrise und industrielle Revolution (La Selva Subterránea: Crisis Energética y Revolución Industrial), Munich: Beck, 1982, p. 64.

[6] R. Jungk, Der Jarhtausendmensch: Berichte aus den Werkstaten der neuen Gesellschaft (El Hombre Milenario: Informe de los Talleres de la Nueva Sociedad), Munich: Econ, 1973, pp. 69-70.

[7] J. Galtung, «Towards a New Intemational Technological Order» (Hacia un Nuevo Orden Tecnológico Internacional), Alternatives, Vol. 4, Enero 1979, p. 288. Citado en V. Rittberger (ed.), Science and Technology in a Changing International Order: The United Nations Conference on Science and Technology for Development (Ciencia y Tecnología en un Orden Internacional en Cambio: La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ciencia y Tecnologia para el Desarrollo), Boulder: Westview Press, 1982.

[8] A. Smith, Geopolitics of Information (Geopolítica de la Información), Nueva York, 1980, p. 176. Citado en H. Schiller, Who Knows: Information in the Age of the Fortune 500 (Quien Sabe: La Información en la Era de los 500 de Fortune), Norwood, N. J.. 1981.

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