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Miguel Amorós, Qué es y qué quiere el antidesarrollismo, 2014

El antidesarrollismo por un lado sale del balance crítico del periodo que se cierra con el fracaso del viejo movimiento obrero autónomo y con la reestructuración global del capitalismo; nace pues entre los años setenta y ochenta del pasado siglo. Por otro lado, surge en el incipiente intento de ruralización de entonces y en los estallidos populares contra la permanencia de fábricas contaminantes en los núcleos urbanos y contra la construcción de centrales nucleares, urbanizaciones, autopistas y pantanos. A la vez es un análisis teórico de las nuevas condiciones sociales que tiene en cuenta la aportación ecologista, y una lucha contra las consecuencias del desarrollo capitalista, aunque no siempre las dos cosas marchen juntas. Podemos definirlo como un pensamiento crítico y una práctica antagonista nacidos de los conflictos provocados por el desarrollo en la fase última del régimen capitalista, la que corresponde a la fusión de la economía y la política, del Capital y el Estado, de la industria y la vida. A causa de su novedad, y también por la extensión de la sumisión y la resignación entre las masas desclasadas, reflexión y combate no siempre van de la mano; una postula objetivos que el otro no siempre quiere asumir: el pensamiento antidesarrollista pugna por una estrategia global de confrontación, mientras que la lucha suele reducirse a tacticismo, lo que solamente beneficia a la dominación y a sus partidarios. Las fuerzas movilizadas casi nunca son conscientes de su tarea histórica, mientras que la lucidez de la crítica tampoco consigue iluminar siempre a las movilizaciones.

El mercado mundial transforma la sociedad continuamente de acuerdo con sus necesidades y sus deseos. El dominio formal de la economía en la antigua sociedad de clases se transforma en dominio real y total en la moderna sociedad tecnológica de masas. Los trabajadores masificados ahora son ante todo consumidores. La principal actividad económica no es industrial, sino administrativa y logística (terciaria.) La principal fuerza productiva no es el trabajo, sino la tecnología. En cambio los asalariados son la principal fuerza de consumo. La tecnología, la burocracia y el consumo son los tres pilares del actual desarrollo. El mundo de la mercancía ha dejado de ser autogestionable. Es imposible de humanizar: primero hay que desmontarlo.

Absolutamente todas las relaciones de los seres humanos entre sí o con la naturaleza no son directas, sino que se hallan mediatizadas por cosas, o mejor, por imágenes asociadas a cosas. Una estructura separada, el Estado, controla y regula esa mediación reificada. Así pues, el espacio social y la vida que alberga se modelan de acuerdo con las leyes de dichas cosas (las mercancías, la tecnología), las de la circulación y las de la seguridad, originando todo un paquete de divisiones sociales: entre urbanitas y rurales, dirigentes y dirigidos, ricos y pobres, incluidos y excluidos, veloces y lentos, conectados y desenganchados, etc. El territorio, una vez que ha quedado libre de agricultores, se convierte en una nueva fuente de recursos (una nueva fuente de capitales, un decorado y un soporte de macroinfraestructuras (un elemento estratégico de la circulación.) Esta fragmentación espacial y disgregación social aparece hoy en forma de una crisis que presenta diversos aspectos, todos ellos interrelacionados: demográficos, políticos, económicos, culturales, ecológicos, territoriales, sociales… El capitalismo ha rebasado sus límites estructurales, o dicho de otra manera, ha tocado techo.

La crisis múltiple del nuevo capitalismo es fruto de dos clases de contradicciones: las internas, que son causa de fuertes desigualdades sociales, y las externas, responsables de la contaminación, del cambio climático, del agotamiento de recursos y de la destrucción del territorio. Las primeras no sobresalen del ámbito capitalista donde quedan disimuladas como problemas laborales, asuntos crediticios o déficit parlamentario. Las luchas sindicales y políticas jamás plantean salirse del cuadro que enmarca al orden establecido; menos todavía se oponen a su lógica. Las contradicciones principales son pues, o bien producidas por el choque entre la finitud de los recursos planetarios y la demanda infinita que exige el desarrollo, o bien el choque entre las limitaciones que impone la devastación y la destrucción ilimitada a la que obliga el crecimiento continuo. Las contradicciones revelan la naturaleza terrorista de la economía de mercado y estado en lo relativo al hábitat y la vida de la gente. La autodefensa ante el terrorismo de la mercancía y del Estado se manifiesta tanto como lucha urbana que rechaza la industrialización del vivir –o sea, como antidesarrollismo-, que como defensa del territorio negando la industrialización del espacio. Los representantes de la dominación, si no pueden integrarlas bajo el ropaje de oposición “verde”, respetuosa con sus reglas de juego, la presentarán como un problema minoritario de orden público, para poder así reprimirlas y aplastarlas.

En un momento en que la cuestión social tiende a presentarse como cuestión territorial, sólo la perspectiva antidesarrollista es capaz de plantearla correctamente. De hecho, la crítica del desarrollismo es la crítica social tal como ahora existe; ninguna otra es verdaderamente anticapitalista, puesto que ninguna cuestiona el crecimiento o el progreso, los viejos dogmas que la burguesía traspasó al proletariado. Por otro lado, las luchas en defensa y por la preservación del territorio, al sabotear el desarrollo, hacen que el orden de la clase dominante se tambalee: en la medida en que consigan conformar un sujeto colectivo anticapitalista esas luchas no serán más que la lucha de clases moderna.

La conciencia social anticapitalista se desprende de la unión de la crítica y la lucha, es decir, de la teoría y la práctica. La crítica separada de la lucha deviene ideología (falsa conciencia); la lucha separada de la crítica deviene nihilismo o reformismo (falsa oposición.) La ideología propugna a menudo un retorno imposible al pasado, lo cual proporciona una excelente coartada a la inactividad (o a la actividad virtual, que es lo mismo), aunque la forma más habitual de la misma sea desde el área económica el cooperativismo y desde el área política el ciudadanismo (populismo a la europea.) La verdadera función de la praxis ideológica es gestionar el desastre. Tanto la ideología como el reformismo separan la economía de la política para así proponer soluciones dentro del sistema dominante, bien sea en un campo o en el otro. Y ya que los cambios han de derivar de la aplicación de fórmulas económicas, jurídicas o políticas, ambos niegan la acción, que sustituyen por sucedáneos teatrales y simbólicos. Huyen de un enfrentamiento real, puesto que quieren a toda costa compatibilizar su práctica con la dominación, o al menos aprovechar sus lagunas y resquicios para subsistir y coexistir. Quieren gestionar espacios aislados y administrar la catástrofe, no suprimirla.

La unión arriba mencionada entre la crítica y la lucha proporciona al antidesarrollismo una ventaja que no posee ninguna ideología: saber todo lo que quiere y conocer el instrumento necesario para ir a por ello. Puede presentar de modo realista y creíble los trazos principales de un modelo alternativo de sociedad, sociedad que se hará palpable tan pronto como se supere el nivel táctico de las plataformas, asociaciones y asambleas, y se pase el nivel estratégico de las comunidades combatientes. O sea, tan pronto como la fractura social pueda expresarse en todo el sentido con un “nosotros” frente a “ellos.” Los de abajo contra los de arriba.

Las crisis provocadas por las huidas hacia adelante del capitalismo no hacen sino afirmar a contrario la pertinencia del mensaje antidesarrollista. Los productos de la actividad humana –la mercancía, la ciencia, la tecnología, el Estado, las conurbaciones- se han complicado, independizándose de la sociedad e irguiéndose contra ella. La humanidad ha sido esclavizada por sus propias creaciones incontroladas. En particular, la destrucción del territorio debido a la urbanización cancerosa se revela hoy como destrucción de la sociedad misma y de los individuos que la componen. El desarrollo, tal como un dios Jano, tiene dos caras: ahora, las consecuencias iniciales de la crisis energética y del cambio climático, al ilustrar la extrema dependencia e ignorancia del vecindario urbano, nos muestran la cara que permanecía escondida. El estancamiento de la producción gasística y petrolera, anuncian un futuro donde el precio de la energía será cada vez más alto, lo que encarecerá el transporte, acarreará crisis alimentarias (acentuadas todavía más por el calentamiento global) y causará colapsos productivos. A medo plazo las metrópolis serán totalmente inviables y sus habitantes se encontrarán en la tesitura de escoger entre rehacer su mundo de otro modo o desaparecer.

El antidesarrollismo quiere que la descomposición inevitable de la civilización anticapitalista desemboque en un periodo de desmantelamiento de industrias e infraestructuras, de ruralización y de descentralización, o dicho de otra manera, que inicie una etapa de transición hacia una sociedad justa, igualitaria, equilibrada y libre, y no un caos social de dictaduras y guerras. Con tal augusto fin, el antidesarrollismo trata de que estén disponibles las suficientes armas teóricas y prácticas para que puedan aprovecharlas los nuevos colectivos y comunidades rebeldes, germen de una civilización distinta, liberada del patriarcado, de la industria, del capital y del Estado.

Miguel Amorós

 

Charla en las Jornadas en defensa del territorio del 17 y 18 de mayo de 2014, organizadas por la librería asociativa Transitant en Palma de Mallorca.

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