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William Morris, « Looking Backward », reseña crítica, 1889

A menudo se oye decir que los signos de la extensión del Socialismo entre la gente de habla inglesa son a la vez abundantes y notables. Es cierto; hace seis o siete años la palabra Socialismo era conocida en este país, pero sólo algunos entre las clases educadas conocían algo más sobre su significado de lo que el Señor Bradlaugh, el Señor Gladstone o Admiral Maxse saben ahora -es decir, nada. Mientras que ahora está de moda incluso en las veladas del West End aparentar un interés y un conocimiento sobre él. lo que indica un amplio y profundo interés público. Este interés es quizá más evidente en literatura que en ninguna otra parte, dejando a un lado los panfletos propagandísticos editados por asociaciones declaradamente socialistas. Un cierto barniz de Socialismo, por ejemplo (generalmente muy aguado), es actualmente casi un ingrediente necesario en una novela que pretenda ser a la vez seria y real, mientras que algunos enfoques más serios sobre el tema por parte de no socialistas son bastante comunes. En breve la bruma dorada de auto- satisfacción y júbilo sobre la mejor de las sociedades posibles está desapareciendo ante el pan recalentado de la miseria y de la aspiración, y todo el mundo en el nivel más bajo de la inteligencia (especuladores y estadistas, presumo) mira hacia el nuevo desarrollo, algunos tímidamente. algunos de forma ansiosa, algunos con esperanza.

Me parece claro desde la acogida que el Looking Backward del Señor Bellamy ha recibido que existe una gran cantidad de gente que está llena de esperanza con relación al Socialismo. Estoy seguro que hace diez años habría pasado apenas desapercibida: mientras que ahora se han vendido varias ediciones en América, atrae la atención general en Inglaterra, y sólo para alguien no muy interesado en la cuestión social el libro carecería de todo atractivo. Es cierto que está modelado en forma de novela, pero el autor afirma con mucha franqueza en el prólogo que sólo le dio esta forma para dorar la pildora, y el recurso de hacer que un hombre despierte en un nuevo mundo se ha hecho tan común, y se ha llevado a cabo con mucho más cuidado y arte que el Señor Bellamy, que por sí mismo esto no habría aportado gran cosa; es el ensayo serio y no el ligero envoltorio de la novela lo que la gente ha encontrado interesante.

Desde entonces, por esta razón, habiendo quedado tan impresionados con el libro tanto socialistas como no-socialistas, me parece necesario que el Commonweal de noticia de él. Pues se trata de una «Utopía». Se presenta como escrita en el año 2000. describiendo el estado de la sociedad en ese período después de que una revolución gradual y pacífica ha realizado el Socialismo que para nosotros no es sino el comienzo de su fase de lucha. Esto exige una atención extrema pues existe un cierto peligro en libros como éste: un peligro de dos caras; pues habrá algunas personas a quien la respuesta dada a la cuestión: ¿Cómo viviremos entonces? será agradable y satisfactoria, mientras que para otros será desagradable e insatisfactoria. El peligro para los primeros es que la aceptarán con todos sus errores necesarios y sus falacias (en los que un libro como éste debe abundar) como afirmaciones concluyentes y hechos y reglas para la acción, lo que desviará sus esfuerzos hacia objetivos vanos. El peligro para los segundos, si no son más que investigadores o Socialistas muy jóvenes, es que aceptando también sus especulaciones como hechos estarán tentados de decir, si eso es el Socialismo no contribuiremos a su victoria, pues no nos ofrece ninguna esperanza.

La única forma segura de leer una Utopía es considerarla como la expresión del temperamento de su autor. Así enfocada, la Utopía del Señor Bellamy puede ser considerada como muy interesante al estar construida con la debida economía de conocimientos y con mucha habilidad; y por supuesto su temperamento es como el de miles de personas. Este temperamento puede considerarse como moderno sin mezcla, ahistórico y no artístico; a su poseedor (si es Socialista) le hace estar perfectamente satisfecho con la civilización moderna, a cambio de que la injusticia, la miseria y el despilfarro de la sociedad de clases pudiera desaparecer; un cambio parcial que no le parece imposible. El único ideal de vida de un hombre así es el del profesional laborioso de clase media, hombre de hoy purificado de su crimen de complicidad con la clase monopolista, independiente en lugar de ser. como ahora lo es, un parásito. No se niega que si un ideal tal pudiera ser realizado, significaría una gran mejora en la sociedad actual. ¿Pero puede ser realizado? Significa de hecho la alteración de la maquinaria de la vida de tal modo que a todos los hombres les será permitido participar de la plenitud de esa vida, para cuya producción y mantenimiento se instituyó la maquinaria. Hay claros signos que nos muestran que cada grupo determinado cuya vida se propone así como un ideal para el futuro están condenándola en el presente, y que ellos exigen también una revolución. La rebelión pesimista de finales de este siglo liderada por John Ruskin contra el filisteismo del bourgeois triunfante, vacilante y tambaleante tal como era, muestra que la transformación de la vida de la civilización había comenzado antes de que nadie creyera seriamente en la posibilidad de alterar su maquinaria.

Se deduce con toda naturalidad de la satisfacción del autor con la mejor parte de la vida moderna que él concibe que el cambio hacia el Socialismo tendrá lugar sin ningún derrumbamiento de esa vida, o de hecho el trastorno de ésta, sino por medio de un desarrollo final de los grandes monopolios privados que son hoy el rasgo más visible. El presupone que estos deben ser absorbidos en un único gran monopolio que incluirá a todo el mundo y que todo el mundo trabajará en él para su beneficio. Debe advertirse de pasada que mediante este uso de la palabra monopolio el autor muestra inconscientemente que tiene su mente fija, firmemente, en la mera maquinaria de la vida: pues es claro que la única parte de su sistema que la gente tomaría o podría expropiar a los monopolistas sería la maquinaria de la organización, que el monopolio se ve obligado a utilizar, pero que no es su parte esencial. La esencia del monopolio es: me caliento con el fuego que vosotros habéis hecho, y vosotros (un gran plural) os quedáis afuera al frío.

Sigamos. Esta esperanza de un desarrollo de los monopolios y los grupos hacia el que la competencia por los privilegios ha conducido al comercio, especialmente en América, es la parte más característica del libro del Señor Bellamy; y me parece que es una esperanza muy peligrosa para demorarse en ella, demasiado incierta para hacer de ella el ancla de la esperanza. Puede ser de hecho el resultado lógico de la cara más moderna del comercialismo -esto es, el resultado que debería ser; más entonces habría que tratar con su resultado histórico, esto es, lo que será; por lo que no puedo evitar pensar que quizá, después de todo, hasta donde este desarrollo comercial alcanza, habrá una recurrencia de caídas y reformas de este tipo de monopolio, bajo la influencia de la lucha por los privilegios o de la guerra por la división del botín, hasta que la marea crezca y destruya a todos. Una esperanza mucho más digna de confianza que alimentar es la de que una vez que los hombres han puesto en sus cabezas la idea de que la verdadera vida implica una vida libre e igualitaria, y que ahora es posible alcanzarla, lucharán conscientemente por alcanzarla a cualquier precio. El semi-fatalismo económico de algunos socialistas es mortífero y desmoralizador, y puede llegar a serlo más, si los acontecimientos imprevistos del presente traen de nuevo la marea alta de la «prosperidad comercial»; lo que no es de ninguna manera improbable que ocurra.

Habiendo ocurrido la gran transformación de una manera pacífica y fantástica, el autor tiene que proponer este esquema de la organización de la vida: que está organizada a más no poder. Su esquema puede ser descrito como un comunismo de Estado, elaborado por una centralización nacional extrema. El error que subyace aquí es que el autor, como ya se ha dicho, no puede concebir otra cosa que no sea la maquinaria de la sociedad, y que, sin duda de forma natural, él lee en el futuro de una sociedad, la que nos describe como dirigida sin despilfarro, ese terror por el hambre, que es la acompañante obligada de una sociedad en la cual dos tercios de la fuerza de trabajo es despilfarrada: el resultado es que por más que nos cuente que cada hombre es libre para elegir su ocupación y que su trabajo no es para él una carga, la impresión que tenemos es la de un gran ejército permanente, férreamente instruido, impulsado por algún misterioso hado hacia una incesante y ansiosa producción de artículos para satisfacer cualquier capricho, sea absurdo o superfluo, que pueda arrojarse sobre ellos.

Como ejemplo puede citarse el hecho de que todo el mundo comienza el trabajo serio de producción a la edad de veintiún años, trabaja tres años como peón, y entonces elige una ocupación cualificada y trabaja hasta los cuarenta y cinco, cuando se retira y empieza una vida de entretenimiento (y mejora sus capacidades mentales, si es que les queda alguna). ¡Cielos! ¡Pensemos en un hombre de cuarenta y cinco años cambiando todos sus hábitos repentina y compulsivamente! Después de esto es una cuestión de poca importancia que las mencionadas personas debieran formar un tipo de aristocracia (como resuenan las viejas ideas) para el desenvolvimiento de ciertas funciones políticas y judiciales.

Las ideas del Señor Bellamy sobre la vida son curiosamente limitadas; no conoce nada más allá de la existencia en una gran ciudad; la inorada del hombre del futuro es un Boston embellecido (USA). En un pasaje, de hecho, hace mención a aldeas, pero con la simpleza inconsciente que muestra que éstas no entran dentro de su esquema de igualdad económica, sino que son meras siervas de los grandes centros de la civilización. Esto nos resulta extraño a nosotros, que no podemos dejar de pensar que nuestra experiencia nos tendría que haber enseñado que tales agregaciones de población proporcionan la peor forma posible de lugar habitable, sea lo que sea lo segundo peor.

En pocas palabras, una vida-máquina es lo mejor que el Señor Bellamy puede imaginar para nosotros en todos los aspectos; no hay que sorprenderse de que su única idea para hacer el trabajo tolerable sea disminuir su cantidad por medio de novedosos y más novedosos desarrollos de maquinarias. Yo sé que este punto de vista lo comparte con muchos socialistas con los que mantengo por otro lado un acuerdo que no puedo tener con él; pero creo que serán necesarias un par de palabras sobre este importante aspecto de la cuestión. Con toda seguridad este ideal de la reducción de las horas de trabajo mediante simples medios maquínicos es fútil. La raza humana ha empleado siempre tanta energía como podía sobre las condiciones dadas del clima y el resto de las cosas, no obstante dicha energía ha tenido que luchar contra la pereza natural de la humanidad: y el desarrollo de los recursos del hombre, que le ha dado un poder más grande sobre la naturaleza, le ha conducido también a nuevos deseos y nuevas exigencias hacia la naturaleza, y por tanto ha hecho que su gasto de energía fuera mayor que el anterior. Yo creo que esto será siempre así, y que la multiplicación de la maquinaria solo multiplicará… la maquinaria; yo creo que el ideal del futuro no apunta a la disminución de la energía del hombre mediante la reducción del trabajo a un mínimo, sino a la reducción del sufrimiento del trabajo a un mínimo, que será tan pequeño que dejará de ser un sufrimiento; un logro de la humanidad con el que solamente se puede soñar hasta que los hombres sean más integramente igualitarios de lo que la utopía del Señor Bellamy les permite ser, pero que seguramente llegará cuando los hombres sean realmente iguales en su condición; con todo es probable que mucho de nuestro tan renombrado lujo o «refinamiento» -en pocas palabras, nuestra civilización- tendrá que ser sacrificado para ello. En esta parte de su esquema, por tanto, el Señor Bellamy se preocupa innecesariamente buscando (obviamente en vano) algún incentivo para el trabajo que substituya el miedo al hambre, que en el presente es el único, mientras que no nos cansaremos de repetir que el verdadero incentivo para un trabajo útil y feliz es y debe ser el placer en el trabajo mismo.

Creo que es necesario plantear estas objeciones a la utopía del Señor Bellamy. no porque exista ninguna necesidad de discutir la visión de un hombre sobre el futuro de la sociedad que, comoya se dijo, debe ser siempre algo más o menos personal para uno mismo: sino porque este libro, habiendo producido un gran impacto en gente que está realmente preguntándose acerca del Socialismo, será seguramente citado como una autoridad para lo que los socialistas creen y que, por tanto, es necesario señalar que hay algunos socialistas que no creen que el problema de la organización de la vida y el trabajo necesario tengan que ver con una enorme centralización nacional, que funciona por una especie de magia de la cual nadie se siente responsable; por el contrario será necesario que la unidad de la administración sea lo suficientemente pequeña para que cada ciudadano pueda sentirse responsable de sus detalles, e interesarse por ellos; que cada hombre individual no pueda desembarazarse de los asuntos de su propia vida abandonándolos sobre los hombros de una abstracción llamada Estado, sino que deba enfrentarse a ellos en consciente asociación con los demás: que la variedad de la vida es tanto un objetivo del Comunismo como la igualdad de condiciones, y que nada sino la unión de ambos traerá la libertad real: que las nacionalidades modernas son simples recursos artificiales para la guerra comercial a la que queremos poner fin, y que desaparecerán con ella. Y, finalmente, que el arte, utilizando esta palabra en su más amplia y propia acepción, no es un mero adjunto de la vida del que los hombres libres y felices puedan prescindir, sino la necesaria expresión y el indispensable instrumento de la felicidad humana.

Por otro lado, hay que decir que el Señor Bellamy ha abordado las complejidades de la reconstrucción económica con coraje, aunque no ve otras facetas del problema como, por ejemplo, el futuro de la familia; aunque por lo menos ve la necesidad de la igualdad en la recompensa por el trabajo, lo que es un obstáculo para socialistas a medias; y su crítica del monopolismo actual es enérgica y ferviente. Aquí y allá en las páginas de su libro se encontrarán respuestas satisfactorias a muchas cuestiones ordinarias. El libro debe ser leído y considerado con seriedad, pero no debería ser tomado como la biblia socialista para la reconstrucción; un peligro al que tal vez no se escape totalmente ya que estos sistemas incompletos e imposibles de llevar a cabo pero plausibles superficialmente son siempre atractivos para la gente que, sin conocer claramente su objetivo, está dispuesta hacia un cambio.

William Morris (1834-1896)

Commonweal n°180, 22 de junio de 1889.

Los amigos de Ludd, boletín de informatión anti-industrial n°3, junio 2002.

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