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Javier Rodriguez Hidalgo, La crítica anti-industrial y su futuro, 2005

En los últimos años se ha dado una difusión notable de una crítica social que podríamos calificar de antiindustrial y antiprogresista. Sus rasgos principales son: un rechazo rotundo de la idea de progreso; un juicio crítico respecto a lo que ha supuesto la modernidad; un cuestionamiento absoluto de las posibilidades liberadoras de la tecnología; la constatación de que un desastre ecológico y humano está en marcha; y una crítica de la idea de neutralidad de la técnica. Aunque estos rasgos son demasiado genéricos, intentaré mostrar la forma en que esta crítica radical ha ido extendiéndose últimamente por el Estado español: primero con las aportaciones foráneas traducidas (por ser las primeras expuestas con una cierta coherencia teórica); a continuación, con sus variantes autóctonas; y al final repasaré las objeciones más habituales que pueden hacerse a estas ideas, así como mis propias críticas. No me molestaré en ocultar, para evitarme reproches a posteriori, que me identifico con esta crítica antiindustrial.

Por diversos motivos, no hablaré del primitivismo. La llamada “crítica anticivilización” o “antidominación” se obviará en este artículo. Señalaré por último que sólo pienso hablar de las formulaciones teóricas más elaboradas, pues en realidad la crítica del desarrollo o incluso del progreso ya había aparecido esbozada, por ejemplo, en el País Vasco durante las luchas contra la autovía de Leizarán, hace más de quince años.

I

Theodore J. Kaczynski, más conocido como Unabomber, hizo pública su crítica de la sociedad industrial en circunstancias muy especiales [1]. Poco antes de su detención el 13 de abril de 1995, logró que dos de los diarios más importantes de Estados Unidos publicaran su manifiesto, cuyo verdadero nombre es La sociedad industrial y su futuro, con la firma de Freedom Club. El impacto mediático de la captura de Kaczynski ayudó enormemente a difundir sus tesis acerca del porvenir de la sociedad tecnoindustrial pero al mismo tiempo las ensució como si se tratara de los delirios de un psycho-killer. En esencia, Kaczynski dice que la sociedad industrial, obesa, ciega y lastrada por sus inercias, se encamina al desastre, y que los radicales tendrían que aprovechar la oportunidad que abrirá el colapso del sistema para reconstruir una sociedad más humana, basada en comunidades reducidas y en un nivel de desarrollo técnico accesible, no jerarquizado ni basado en una excesiva división del trabajo. Descarta asimismo toda posibilidad de reforma del sistema y critica la idea de que pueda haber tecnologías emancipadoras. Acompaña estas reflexiones con un ataque implacable contra el izquierdismo y el progresismo, y con algunas observaciones sobre la técnica en general. Para Kaczynski, la única lucha prioritaria debe ser la lucha contra el sistema industrial.

Todas las demás son insignificantes al lado de ésta. El Manifiesto de Unabomber (o de FC), como se le ha llamado habitualmente, ha circulado mucho desde entonces. Su mérito principal ha sido presentar las cosas con una especie de inocencia realmente inaudita en la crítica social, por lo general muy dada al conformismo militante o al compadreo. Su mayor defecto radica en la esperanza que Kaczynski parece depositar en las posibilidades salvadoras del desplome de la sociedad industrial. Pese a ello, está claro que su manifiesto cayó como una bomba (perdón por el chiste fácil) en el mundo de la crítica ecologista radical, necesitada de romper con todo devaneo reformista y de una visión con cierta coherencia teórica del actual estado de la sociedad tecnológica. En otros textos posteriores, que se han publicado con cuentagotas, Kaczynski ha seguido insistiendo en las ideas fundamentales de La sociedad industrial y su futuro. Quizá la mayor novedad es que en alguna ocasión ha llegado a mostrarse partidario de abolir no sólo el sistema tecnoindustrial sino la civilización en su conjunto, lo que ha facilitado la asunción de su discurso por parte de algunos primitivistas.

De una forma mucho más lenta y silenciosa ha ido abriéndose paso la crítica de la parisina Encyclopédie des Nuisances (EdN), la Enciclopedia de los efectos nocivos (o de las nocividades). La EdN empezó su andadura como colectivo editor de una revista homónima en 1984. Hasta 1992, año de la aparición del último fascículo, publicó quince números, trece de ellos antes de 1989. En 1993 se funda la editorial Encyclopédie des Nuisances, que ha publicado una veintena de libros (por ejemplo, una traducción francesa de La sociedad industrial y su futuro de Kaczynski) que profundizan en la vertiente de la crítica antiprogresista que se había esbozado en la revista. En el Estado español la EdN no empezó a ser conocida hasta 1997, cuando se editaron sus primeros libros, a los que no tardaron en sumarse otros [2]. Su influencia ha sido creciente en los últimos años, de forma directa (a través de sus propias obras) o indirecta (gracias a la aportación de los grupos autóctonos, de los que hablaremos después).

Para entender bien las ideas de la EdN, hay que explicar que el término nuisances -“efectos nocivos” o “nocividad”- no designa sólo las consecuencias de la vida moderna (contaminación, ruido, etc.) sino el conjunto de perjuicios que un sistema social concreto, el capitalismo industrial, inflige a los seres humanos. Así, el trabajo asalariado se cuenta entre los efectos nocivos de la época. La crítica de la EdN apunta a la modernidad, y aquí la palabra “crítica” no debe entenderse como sinónimo de ataque sino como intento de desentrañar y desnudar una realidad. Al modo de Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración, los enciclopedistas ven un aspecto emancipador en el proyecto transformador de la modernidad, enunciado e impulsado en el Siglo de las Luces, pero destacan igualmente su lado perverso: el afán racionalizador y cuantificador, la ideología del progreso, el desprecio hacia la tradición, así como algunas ilusiones heredadas de épocas anteriores.

Constatan que es este lado de la modernidad el que ha acabado por imponerse y que dirige, cada vez con menos oposición, el destino de la humanidad. El problema es que el sistema totalitario erigido a lo largo de los siglos XIX y XX, en parte derivado del proyecto de la Ilustración y que puede considerarse ya “encarrilado” a partir de la segunda Guerra Mundial, gobierna como un déspota solitario y hace tabla rasa con todo lo anterior, incluyendo los saberes y capacidades humanos que permitían concebir un mundo más justo y menos aberrante. La tecnificación y mercantilización cada vez más avanzadas de todas las esferas de la vida humana, tanto social como personal, hacen creer que este proceso es irreversible. Del mismo modo, la EdN denuncia todas las esperanzas de liberación tecnológica (empezando por la informática) como un deus ex machina irreal, una mistificación que contribuye a aceptar las imposiciones del sistema. Critica igualmente la idea de que la industria sea algo neutral, una simple herramienta que sólo tiene que cambiar de manos para dejar de ser un instrumento de tortura y convertirse en algo liberador.

Según la EdN, los seres humanos de nuestra época son mucho más reacios que nunca a la idea misma de emancipación. La pérdida de saberes tradicionales, que se han visto sustituidos por sucedáneos en forma de mercancías o servicios, hace que la tarea de transformar la sociedad sea mucho más difícil. En efecto, ya no queda gran cosa que merezca ser autogestionada: desde el lenguaje a la cocina popular se ven afectados por la degradación industrial; pero el mayor logro de este sistema es haberse hecho deseable para sus dominados. Ante esto, ni siquiera el derrumbe que está produciéndose ya permite augurar posibilidades de liberación. En un libro que la EdN publicó a fines de 2000, titulado significativamente Después del hundimiento, Jean-Marc Mandosio escribía a propósito de la tesis de Jacques Ellul sobre el desplome del sistema industrial: hace ya mucho tiempo que nos encontramos en “un enorme desorden mundial” en el que la contradicción y el desconcierto se han convertido en la norma, sin que ello signifique el final del “sistema tecnicista” [3]. La multiplicación de las crisis locales y del caos a gran escala refuerza, paradójicamente, la coherencia del sistema en su conjunto, que se nutre de la confusión y de la contradicción, de las que puede sacar nuevas fuerzas para extenderse y perfeccionarse y profundizar aún más la alienación del individuo y la destrucción del medio ambiente. Los que esperan que la sociedad industrial se hunda a su alrededor corren el riesgo de tener que sufrir su propio hundimiento, porque este hundimiento, que ya está casi consumado, no es el del “sistema tecnicista”, sino de la conciencia humana y de las condiciones objetivas que la hacen posible.

Tenemos aquí la clave del desastre que acontece por doquier y del cual, según la EdN, no debemos esperar ninguna garantía de que el cambio vaya a ser a mejor: el sistema industrial está arrastrando consigo esa sensibilidad humana que podría juzgar malo lo existente. La auténtica catástrofe es ésa. A diferencia de los primitivistas, que parecen entusiasmarse con la posibilidad de un cataclismo a escala mundial (y cuanto más devastador, mejor), los enciclopedistas rechazan “la satisfacción indisimulada con la que [algunos teóricos] hablan de crisis, de hundimiento, de agonía, como si poseyeran algún seguro especial sobre la dirección de un proceso del que todo el mundo espera que alcance por fin un resultado decisivo” (Jaime Semprun, El fantasma de la teoría).

II

Al sur de los Pirineos también se han dado a conocer intentos de profundizar en la crítica antiindustrial. Sólo me referiré a dos de estos intentos: Maldeojo y Los amigos de Ludd, por ser los que han intentado ofrecer algo propio a esta crítica, aunque también es notable la labor de la editorial Alikornio, que ha publicado algunos libros importantes en este sentido [4].

El primer número de Maldeojo se publicó en junio de 2000, al que siguió un segundo (y último) en abril de 2001. Además de traducciones de artículos de la EdN y sus epígonos, hay un intento de llevar más allá esa crítica de la tecnología, que se aplica a Internet, a la televisión o a las biotecnologías. Es una lástima que el conjunto esté lastrado por un tono demasiado prositu [5], que se vuelve desconcertante en el nº 2 de la revista: en las mismas páginas conviven Debord y los padrinos de la ideología italiana (Virno, Negri y demás ralea). Sin embargo, el naufragio de esta experiencia sirve para alertar de los riesgos de la posible implantación de una moda “antiindustrialista”: algunos de los redactores de esta revista que quería hacer una “crítica de la dominación tecnológica” abogan ahora por la creación de “soviets del cognitariado” (sic) que transformen el mundo gracias -ni que decir tiene- a la informática.

En diciembre de 2001 apareció el número 1 de Los amigos de Ludd, la primera publicación que se presenta como específicamente antiindustrial. Además de traducir textos de autores extranjeros (sobre todo franceses, como la propia EdN), han publicado sus propias ideas sobre la sociedad industrial. Casi desde el principio han insistido en la necesidad de una crítica radical del sistema vigente y de las protestas ciudadanistas, lo que les llevó, por ejemplo, a oponerse con dureza al discurso de la plataforma Nunca máis, pues consideraban que en realidad contribuía a acatar la dictadura del petróleo. El hecho de que en alguna ocasión hayan defendido las extintas comunidades rurales de la península Ibérica como menos alienadas, y más libres, que la sociedad moderna, les ha valido ser tachados de “tardomarxistas incondicionales del campesinado preindustrial”. Esta sentencia, no obstante, no parece justa, puesto que los propios editores del boletín han insistido a menudo, por un lado, en criticar las ideas de Marx y, por otro, en que la referencia al modo de vida de la población campesina no es una mitificación del pasado, sino que se trata más bien de tratar de entender cómo era un mundo que, al desaparecer, está llevándose consigo la posibilidad de condenar el que ha venido después. Un aspecto de las tesis sostenidas por Los amigos de Ludd que debemos subrayar es su oposición frontal a lo que llaman “ilusiones activistas”, entre las que sobresale la variante hacker [6]. Aunque reivindican claramente la acción directa y el sabotaje como medios de lucha, ante todo parecen ser partidarios de disipar las ilusiones ideológicas del presente para saber en qué momento actuar, pues las fuerzas de las personas realmente interesadas en el cambio social son escasas, y deben dosificarse con inteligencia. Es obvio que Los amigos de Ludd creen que nadie puede permitirse el lujo de dar palos de ciego en una situación tan delicada como la actual.

III

Una vez que hemos visto cómo ha penetrado y está difundiéndose la crítica antiprogresista en nuestro entorno, hemos de preguntarnos por la situación en que se encuentra ahora, y qué objeciones se le han planteado hasta el momento.

En primer lugar, normalmente los más reacios a estas ideas son los sectores de ultraizquierda, ya procedan del marxismo o del anarquismo. Para ellos, la revolución no es más que un proyecto que siempre está por retomar desde el principio, y negar la posibilidad de que pueda estallar un proceso revolucionario de un momento a otro les parece un delito de lesa humanidad. Hablar de “sociedad industrial” en lugar de “sociedad capitalista” es a sus ojos un retroceso. Que la sociedad industrial, empero, pueda destruir las bases materiales que permitían una posterior reapropiación de lo existente no parece afectarles lo más mínimo, así que continúan creyendo que las luchas actuales deben seguir apuntando a la autogestión generalizada, etc.

Como siempre, lo que yace tras estos reproches es la idea, declarada o no, de que el desarrollo técnico de una sociedad es algo neutral o, a lo sumo, subordinado exclusivamente a los intereses de la clase en el poder; así que bastará que los Consejos Obreros (o la multitud) se hagan cargo de la situación para que la técnica pueda ser gestionada de una forma racional, etcétera. A esto cabría replicar que la sociedad industrial tolera un margen de gestión muy estrecho. Por ejemplo, la gigantesca burocracia no es una simple excrecencia de la sociedad moderna sino un elemento fundamental para que ésta funcione… por no hablar de que el actual proceso de división del trabajo está creando un tipo de seres humanos que no saben hacer casi nada, o nada, al margen de su reducidísimo campo laboral, por lo que sólo se verán capacitados para “autogestionar” sus propias actividades… que en la mayor parte de los casos no pueden existir más que en el seno de una sociedad capitalista.

En fin, poco les importa a los marxistas, pese a su fetichización de la Historia, que Marx y Engels escribieran en La ideología alemana que “los individuos actuales necesitan abolir la propiedad privada, porque las fuerzas productivas y las formas de intercambio se han desarrollado ya con tal amplitud, que bajo el imperio de la propiedad privada se convierten en fuerzas destructivas”. Han pasado ciento sesenta años desde que se redactaran estas líneas pero a los marxistas de todo pelaje les da igual: una vez descubierta la piedra filosofal de la crítica social, es decir, el hecho de que vivimos en una sociedad capitalista (o espectacular-mercantil) no hay nada más que decir sobre la cuestión.

Por otro lado, hay quienes siguen obcecados en salvar la teleología de Marx y se empeñan en que el “desarrollo de las fuerzas productivas” sigue creando, aquí y allá, condiciones que permiten una ruptura con lo existente: habitualmente, cómo no, gracias a la informática. De ahí que haya proliferado una verdadera corriente de pensamiento universitario (cuyas cabezas más destacadas son Antonio Negri y Paolo Virno) que continúa aplicando al pie de la letra el principio del Manifiesto comunista según el cual “las armas de la burguesía se vuelven ahora contra la propia burguesía”, etc. En este caso, la informática, avatar posmoderno del general intellect marxiano.

De los anarquistas puede apuntarse algo parecido. Es elocuente el hecho de que, en cuanto a la opresión tecnológica se queden sólo con un aspecto de la cuestión, a saber, el aumento del control social que permiten las nuevas técnicas de vigilancia. La dominación que ejerce el desarrollo técnico sobre nuestras vidas se reduce entonces a las videocámaras, el plan Echelon, la infiltración de las telecomunicaciones, etc. Parece que se les escapa el resto de sometimientos a la maquinaria industrial que conforman la casi totalidad de nuestra vida cotidiana, empezando por la omnipresencia de la informática, que es precisamente más nociva por su presunta invisibilidad.

(No podemos dejar de llamar la atención, por cierto, sobre el hecho innegable de que la crítica ecológica no procede de anarquistas o marxistas, en su mayoría embebidos por igual en el mito del progreso, sino de ámbitos que, siendo mucho más timoratos políticamente, eran más sobrios en su visión del mundo, como el biorregionalismo, por ejemplo, y otras corrientes ecologistas de los años cincuenta y sesenta.) [7]

En segundo lugar, existe una forma de recuperar la crítica de los daños infligidos por el industrialismo reduciéndola a “otro frente de lucha”. Para muchas personas, la devastación causada por el capitalismo industrial no es más que otra estrofa que añadir a la letanía de agravios contra el Sistema: no al fascismo, no al racismo, no al patriarcado, no a la contaminación, etc. La importancia fundamental del salto irreversible que ha dado esta sociedad queda así reducida al nivel de otra excusa para el victimismo. Huelga decir que esta visión ayuda en gran medida a disimular los estragos de la ultramodernidad; véase, por ejemplo, la infame analogía que han establecido los hackers entre las “patentes de la vida” y las “patentes de software”, como si ambas cosas fueran comparables.

Otro reparo habitual, mucho más honrado que los anteriores, que suele planteársele a la crítica antiprogresista es que no resulta muy atractiva debido a su pesimismo. En realidad, más que de una actitud pesimista hay que hablar de una realidad opresiva: llamar agoreros a Los amigos de Ludd, como suele hacerse, viene a ser como matar al mensajero. De la cuestión de las “ilusiones necesarias” (como dice un libro publicado por la EdN) hablaré más adelante; por lo demás, tengo la impresión de que la crítica antiprogresista aún puede decir algo al respecto.

Da la impresión de que todavía no ha acabado de desarrollarse, pues aún tiene por delante un trabajo de demolición (de ideas firmemente asentadas) que dista mucho de estar concluido. El interés de esta crítica yace justamente en negarse a ofrecer un eslogan demagógico o un proyecto resumible en cuatro palabras para ganar prosélitos. Por de pronto ya está bastante bien tratar de superar los planteamientos maniqueos y victimistas e intentar apelar a la razón de las personas, antes que a su estómago.

En cuanto a las objeciones que debo plantear aquí a propósito de la necesidad de esta crítica antiindustrial, puedo enumerar unas cuantas. Es obvio, en primer lugar, que no tardará en encontrar su límite. En efecto, cuando su análisis parte de la constatación de que ya no existe sujeto revolucionario alguno, y de que las circunstancias hacen cada vez más difícil que tal sujeto pueda volver a constituirse (y desde luego no hay nada que haga pensar que esta tendencia vaya a dejar de empeorar próximamente), es de rigor preguntarse: ¿qué hacer, entonces? Dejando a un lado la iniciativa individual, donde cada cual ha de ver qué puede hacer para mantener el mínimo de higiene mental necesaria en los estrechos márgenes que permite la camisa de fuerza industrial, ¿qué espacio queda para la actividad política? Para Kaczynski, la toma de conciencia que pueda darse desde este momento hasta que se produzca el “desastre” será decisiva para un futuro cambio social.

Sin embargo, esperarlo todo de una catástrofe (social, ecológica, humana) parece una nueva variante de la idea determinista de la “lucha final” del antiguo movimiento obrero. Por el contrario, René Riesel, en Los progresos de la domesticación, considera que “sigue siendo factible hallar oportunidades inesperadas de trastocar el curso de las cosas, aunque tengan la duración de un relámpago, en un sistema tan impredecible para sí mismo. La libertad de romper el encierro industrial es la única experiencia que merece ser probada”. (Vale la pena señalar que Riesel pasó por la cárcel hace no mucho tiempo por haber participado en acciones de sabotaje de productos transgénicos.)

Ahora bien, es de justicia reconocer que el término “sociedad industrial” es muy ambiguo: ¿a partir de qué momento puede decirse que hemos entrado en una sociedad de este tipo? Proponer una fecha es difícil; en sus “Notas sobre el Manifiesto contra el trabajo” Jaime Semprun dice que “hay que admitir que en el transcurso del siglo XX, digamos entre Hiroshima y Chernóbil, se atravesó un umbral”, y Riesel, en su obra citada, cree que “Auschwitz e Hiroshima pueden considerarse a la vez como un resultado, una matriz y una clave de comprensión de los beneficios del desarrollo tecnoeconómico”. Así pues, podemos suponer (siempre a partir de observaciones como las anteriores, pues ninguno de estos críticos ha expuesto una definición estricta) que la sociedad industrial no se instauró a principios del siglo XIX con la llamada “Revolución industrial” sino que tuvo que esperar al siglo XX para consolidarse; no sólo sentando las bases materiales para asegurar su supervivencia en solitario (es decir, destruyendo los modos de vida preindustriales que según Riesel “permitían seguir otros caminos que los impuestos por el desarrollo industrial”) sino también moldeando, paralelamente, a los seres humanos que vivimos dentro de ella. En ese caso, es inevitable llegar a la conclusión de que la crítica de este sistema llega demasiado tarde; incluso ahora, las voces de las “Casandras lógicas” que han venido avisando de que no existe emancipación posible dentro de la sociedad industrial nunca han muy escuchadas y, salvo unos pocos casos, no procedían de entornos “radicales”.

Por otro lado, el propio término de “sociedad industrial” plantea problemas. Jacques Ellul, una de las referencias fundamentales en la crítica antiprogresista [8], lo rechazó por “impreciso” y “carente de significado”. Por esa razón es obvio que a esta realidad tan difícil de definir no puede oponérsele un discurso teórico del todo coherente: en El fantasma de la teoría, el propio Semprun considera que hoy no existe ninguna teoría de crítica social capaz de señalar “puntos de aplicación” sobre los que actuar. De ahí que parezca un tanto difusa la idea formulada por Riesel de “reanudar el proceso histórico de la humanización”. Este concepto, “humanización” [9], merece ser precisado con claridad: cuando Semprun dice que “la humanización comenzada ha quedado inconclusa, y sus frágiles logros se desmoronan” (El abismo se repuebla), es obvio que ya no tiene en mente el objetivo revolucionario de una sociedad sin clases, sino algo mucho más básico, como es restablecer las condiciones mínimas que posibiliten un cambio posterior, lo que no podrá hacerse sin pasar previamente por una época traumática, en la que ya nos encontramos. Mandosio, por lo demás, reconoce que la meta de la desindustrialización es “muy vaga”.

De este modo, lo que está planteando esta crítica del progreso (o de las ideas de progreso, pues han sido diversas) es una revisión de muchas cosas que se habían tenido por férreas hasta ahora. La filosofía de la historia de Marx (heredada a su vez de Hegel) establecía una línea en la historia humana dividida en prehistoria, sociedad esclavista, sociedad feudal, sociedad capitalista y (eventualmente) sociedad comunista. Si aceptamos que el capitalismo ha destruido todo lo que permitía el acceso a esa sociedad sin clases, el esquema se viene abajo. Ahora bien, este esquema, que básicamente también ha compartido siempre el anarquismo, era coherente: por eso, si quitamos el “ladrillo progresista” del edificio de la crítica revolucionaria “clásica”, marcada de una forma más o menos declarada por el llamado “materialismo histórico”, tiembla todo el conjunto [10]. ¿Es deseable eso? En mi opinión, rotundamente sí. Por el momento, la crítica del progreso está consiguiendo plantear las preguntas acertadas pero no debería bajo ningún concepto aspirar a un mero crecimiento cuantitativo. No se trata de inaugurar la moda del “antiindustrialismo” sino de establecer un puñado de verdades que sirvan a las personas para orientarse ante lo que vendrá, ciertamente imprevisible. En su epílogo -escrito en 2004- a la Historia de diez años (1974-1984) de la EdN, Miguel Amorós, que fue miembro de dicho colectivo, dice que “lo urgente son las tácticas de resistencia inmediata, la circulación de las ideas, la salvaguarda del debate público, las prácticas de solidaridad efectiva, la afirmación de la voluntad subversiva, la conservación de la dignidad personal, la secesión del mundo de la mercancía, el mantenimiento de un mínimo de lenguaje crítico autónomo…”. Pero aquí se mezclan actividades personales con otras más políticas, y como programa es decididamente ambiguo.

En sus orígenes, la EdN veía en las luchas de resistencia a las nocividades industriales un papel más importante del que han tenido después: casi en ningún caso consiguieron esos conflictos desbordar el marco de las reivindicaciones concretas de las que habían nacido. Se puede echar la culpa de este fracaso a la época, pero entonces el error fue tal vez depositar demasiadas esperanzas en las posibilidades de dichas luchas “contra la nocividad”. La EdN, que partía de la crítica de la última etapa de la Internacional Situacionista (“los primeros frutos de la superación de la economía no sólo están maduros: han empezado a pudrirse” y “la contaminación y el proletariado son hoy los dos lados concretos de la crítica de la economía política”, Tesis sobre la Internacional Situacionista y su tiempo, § 8 y 17), quizá vio en la lucha contra la nocividad la nueva necesidad histórica que regiría los futuros combates contra la dominación. En cualquier caso, con la perspectiva ventajosa de la distancia, vemos que no ha sido así: este sistema ha creado la devastación como norma y a los humanos que sólo aspiran a adaptarse a ella. Puede que tuviera razón Ulrich Beck cuando decía en La sociedad del riesgo (1986) que la extensión de las nocividades industriales a todas las personas “no genera una unidad social que sería visible por ella misma y para otros”, ni “nada que se pudiera definir u organizar como estrato, grupo o clase social”.

IV

Volviendo al asunto central de este artículo: ¿qué futuro tiene esta crítica? Se la ha acusado a menudo de ser un “derrotismo ilustrado”. Cuando este reproche no se hace de mala fe, puede tener una pizca de razón en el sentido de que la crítica antiprogresista no procede de una visión teórica unitaria y positiva de crítica social. Sin embargo, en el actual derrumbe en curso de todo lo que permitía una posibilidad de cambio social, mantener vivo el lenguaje de la crítica no es poca cosa, aunque hay que reconocer que ser el testigo más lúcido del hundimiento del sistema industrial es pobre consuelo.

Conviene recordar que una de las tesis fundamentales de los “antiindustriales” es que la sociedad actual ha limitado casi a cero las posibilidades de intervención política. Es decir, lo que plantean es claramente un repliegue, o un rearme, lo cual no quiere decir quedarse en casa, sino hacer caso omiso de los cantos de sirena del activismo espectacular y dedicarse a una reapropiación de los saberes arrebatados por el capitalismo [11], o a participar en luchas concretas cuando se den las condiciones adecuadas para ello: estoy pensando, entre otros, en el caso del Prestige, cuando ante la marea triunfante de Nunca máis no se alzó ninguna voz decidida contra tanta ingenuidad; se dirá que no podía haber sido de otro modo, pero no lo creo. Me parece más bien que las personas más conscientes no se atrevieron a desafiar la idea asumida mayoritariamente de solicitar una mayor eficacia en la gestión técnica de los desastres industriales. Y podríamos dar más ejemplos como éste. Sin embargo, con esto llegamos al límite del que hablaba antes: Miguel Amorós dice en el texto antes citado que “en el mejor de los casos, la crítica revolucionaria ya llegará, y en el peor, dará igual que llegue como que no”.

Es innegable que muchas prácticas que quieren ser subversivas incurren en el voluntarismo: sean cuales sean las condiciones en que se desarrollan, delegan toda posibilidad de éxito o fracaso en el impulso activista, con las consecuencias que conocemos. Evidentemente, la crítica antiindustrial parte de la renuncia a la idea de revolución o, mejor dicho, de la posibilidad de revolución en el momento presente. Lo cierto es que creer que una revolución pueda tener lugar hoy, como hacen los altermundialistas más alucinados, es una idea reaccionaria.

No obstante, es difícil que semejante actitud resulte atractiva para nadie. En un libro publicado recientemente, En el caldero de lo negativo, Jean-Marc Mandosio hablaba de la ilusión que había supuesto la creencia de que la sociedad industrial podía simplemente cambiar de manos para ponerse al servicio de las necesidades humanas, y decía que el deseo de universalizar los privilegios materiales que hoy día esta sociedad ofrece sólo a unos pocos era uno de los pilares que garantizaba su supervivencia. Así las cosas, es difícil que un cambio social que implique una renuncia a las comodidades que, neguémoslo o no, nos brinda a unos pocos la devastación del medio ambiente, lleguen a parecer deseables a muchas personas; y no estoy hablando de masas embrutecidas que van en coche al Ikea a gastar lo poco que ganan: quien más, quien menos, todos estamos presos en la sociedad industrial, que nos viste, nos entretiene y nos llena la barriga; con sucedáneos, cierto es, pero habiendo destruido la posibilidad de hacerlo de otra forma. Parece muy poco probable que la crítica antiindustrial consiga despertar entusiasmos si no ofrece también una ilusión a la que adherirse (que es lo que hace el primitivismo, fabricando a la medida de cada cual un “estado natural” del hombre con el que poder soñar); el problema, no obstante, es que la meta de esta crítica es precisamente demoler todas las ilusiones. El tiempo dirá si la perspectiva de la desindustrialización es otra quimera o bien si posee algunos visos de realidad.

Javier Rodríguez Hidalgo – Julio 2005.

NOTA: Algunos libros interesantes, para quien quiera profundizar en la cuestión, son Tecnópolis de Neil Postman, La edad de la técnica de Jacques Ellul, Técnica y civilización y El mito de la máquina de Lewis Mumford, la Dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer y Nosotros, los hijos de Eichmann de Günther Anders (y, en general, casi cualquier obra de estos autores). También puede ser útil En ausencia de lo sagrado, de Jerry Mander.

Notas

[1] Durante mucho tiempo, la prensa… (falta)

[2] En castellano se han publicado: Observaciones sobre la parálisis de diciembre de 1995 (1996), EdN, Virus, 1997; Contra el despotismo de la velocidad (1991), varios autores, Virus, 1999; Relación del envenenamiento perpetrado en España (1994), Jacques Philipponeau, Précipité, 2000; Observaciones sobre la agricultura genéticamente modificada y la degradación de las especies [1999], EdN, Alikornio, 2000; la recopilación de artículos titulada La sinrazón en las ciencias, los oficios y las artes, EdN, Muturreko, 2000; El abismo se repuebla (1997), Jaime Semprun, Précipité, 2002; Apología por la insurrección argelina (2001), Jaime Semprun, Muturreko, 2002; George Orwell ante sus calumniadores (1997), EdN, Likiniano, 2003; Los progresos de la domesticación (2003), René Riesel, Précipité/Muturreko, 2003; El fantasma de la teoría (2003), Jaime Semprun, 2004; Historia de diez años [1985], EdN, Klinamen, 2005; y En el caldero de lo negativo (2003), Jean-Marc Mandosio, Pepitas de calabaza, 2006, así como algunos artículos de la revista y fragmentos de libros, sueltos o en revistas.

[3] iii (falta)

[4] Contra la megamáquina, de David Watson, o varias obras sobre la historia de los ludditas. Pueden citarse también los textos de Miguel Amorós y publicaciones como Oxígeno o barbarie, Ecotopía, diversos folletos editados por el grupo Etcétera, o algunos artículos de la revista Salamandra y de autores como el difunto Ramón Germinal.

[5] Los prositus fueron los primeros recuperadores de la teoría situacionista, convirtiéndola en un conjunto de consignas intocables y desprovistas de uso crítico.

[6] Cf. “La sociedad red y nosotros, sus enemigos”, Ekintza Zuzena nº 31.

[7] Quede claro que estamos generalizando: en la historia ha habido tanto marxistas como anarquistas que no se han rendido a las promesas del progreso.

[8] Kaczynski llega a confesar un absoluto entusiasmo por La edad de la técnica, que leyó a principios de los setenta.

[9] La primera parte de El mito de la máquina de Lewis Mumford contiene quizá el mejor intento de definición de este concepto.

[10] A no ser que se quiera ver en la catástrofe actual la realización de una idea enigmática del Manifiesto comunista que emasMarx y Engels no volvieron a tocar nunca: a saber, que la lucha de clases puede concluir no sólo “con una transformación revolucionaria de toda la sociedad” sino “con la destrucción de las clases beligerantes”, esta vez en un sentido diado literal. La EdN, de hecho, siguiendo a Hannah Arendt, habla de la disolución de las clases sociales en masas…

[11] “La formidable organización técnica de la sociedad actual niega que una puesta en marcha revolucionaria pueda producirse”, puede leerse en “El final de una época”, Los amigos de Ludd nº7. Es imposible no leer este texto como una réplica a “El comienzo de una época” que abría el último número de la revista Internationale Situationniste, publicada después de los acontecimientos de mayo del 68.

<http://www.nodo50.org/tortuga/La-critica-antiindustrial-y-su&gt;

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